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Don Tiófilo Pasos, poema

Don Tiófilo, poema

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Otra distinción literaria para Doroteo Oscar Prieto-Don Teo-

Los versos que se escapan del olvido

Cuento breve el lago

Junto al mar de Las Grutas

Patagonismo

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EL FUERTE Y“NON NOBIS, DOMINE, SED NOMINE TUO DA GLORIAM”

 

 

Don Teo-Doroteo Oscar Prieto-escritor-

gruterias@yahoo.com.ar

-junio 14-

 

Sobre la mesita que hay en la recepción descansa un folleto turístico con fotos de Las Grutas. Mis ojos se solazan repasando siluetas femeninas tendidas al sol, niños barrenando las olas, rojizos atardeceres, la Segunda Bajada, Piedras Coloradas, El Sótano, la magia de las mareas. Un shock indescriptible sacude mi cerebro; por las pupilas dilatadas me ingresa la imagen del Fuerte; la foto es como la imagen, “muy fuerte”. Vuelven a mí como en un sobrevuelo retazos de perdidas memorias, de ajados recuerdos, de vidas ya vividas y muertes repetidas… Miro, y remiro el folleto; anduve por aquí, quizá hace mil años o algo así. Fui viento y fui estrellas, arena y soledad, enojo, silencio y carcajada, caricia y puñalada; la humanidad me llevó en sí como un ave maldita, como un sublime don, como un insigne costo y un pesado suplicio. Y yo llevé mi propia humanidad y la de otros…

Yo fui, estuve, muté, lloré y morí, sobreviví y volví, volví, volví…
Aquella vez fue el asombro de los salvajes altos y sus lanzas con puntas de piedra rindiéndose asombradas al acero de nuestras espadas. A ellos obligamos a construir unas inmensas dársenas de roca y tierra, construimos, construyeron, previendo el atraque de nuestra flota.

Trajimos esa copa de luz, de vida, de deidad, de energía celestial, de sacrosanta magnificencia; yo mismo la escondí junto al bastón aquel y después nos extraviamos. Guardé de referencia: la Cruz del Sur, las enormes mareas, la aridez, la sed y la certeza de aquellas increíbles vertientes de agua dulce brotando en plena bajamar…Reparamos, recuerdo, la nao en una de las dársenas del islote aquel.

Mis ojos sobrevuelan el golfo, el cielo igual de azul que hace mil años mira silencioso mientras una luna desteñida se aburre de tanta luz y yo insisto en mis recuerdos, miro y remiro ese islote aplastado que parece expulsado del mar, todo es aridez…He vuelto, pasó un milenio, todo está distinto, incluso yo que visto pantalón vaquero, remera y en mi nariz un pears… El islote es hoy un cerro o tal vez no lo es o quizá siempre fue cerro; las mareas enormes, la aridez, la sed, las vertientes de agua dulce brotando en bajamar y la Cruz, la vieja Cruz sigue estando en el cielo, aunque algo invertida; no estoy nada seguro pero las dársenas persisten (aunque algunos dudan de su factura), insisto en mi recorrida, ahora a pié y en una de ellas hallo un trozo de metal corroído, parece un clavo de mil años…

Y el viejo y fundamental latín vuelve a mí: Non nobis, Domine, sed nomine tuo da gloriam. (“No a nosotros, Señor, sino a tu nombre sea dada la gloria”); vuelve a mí el lema bajo el cual dábamos la vida por defender los tesoros de la fe…

El clavo corroído está en un bolsillo del pantalón, el pantalón en mis piernas y mis piernas descreídas y torpes me pasean, ahora, desganadas por el patio del Siquiátrico. La enfermera gorda y pelirroja, con sonrisa de tedio y disgusto, me grita: ¡Miranda!; ¡señor Miranda! ¡A su habitación que ya es hora de dormir! El nombre Miranda me suena familiar, pero me grito a mí mismo: ¡Parsifal, yo soy Parsifal!


 

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