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SENECTUD

 

 

Don Teo - Doroteo Oscar Prieto

Por: Don Teo -Doroteo Oscar Prieto-

gruterias@yahoo.com.ar

 

Últimamente, la vejez me asedia y hay momentos en que me intriga y embrolla, seguramente porque soy viejo; de ninguna manera esto es fundamentalismo senil, creo en la juventud talentosa y creativa, pero no en cualquier juventud…

Ocurre que cuando usamos la vida por más de medio siglo empezamos lentamente a advertir el desordenado bombardeo de miles de ratos, momentos y días hasta convertirnos final y penosamente en unos vetustos sacos de piel vieja y ajada rellenos con huesos, músculos flácidos y tiempo, mucho tiempo.

La vejez es uno de los atributos que se empecina en ser nuestro y que nosotros rechazamos también, empecinadamente. Tal vez sea la reafirmación del tiempo o la reafirmación de la estupidez humana tratando de negarlo; o tal vez sea la toma de conciencia definitiva de que somos meros transeúntes de una eternidad imposible o que el olvido que es nuestra esencia nos reclama y nos absorbe.

Cuesta asumir la realidad del paso del tiempo, pero el tiempo es tan sabio que empieza a emitir señales, primero de adultez, después desacomodos personales típicos de la pos-madurez, es así como vienen los anteojos, las primeras canas -que solemos negar obstinadamente con la complicidad de las tinturas-, los gestos del rostro que empiezan a plegarse y los malditos pliegues se entusiasman y se quedan convertidos en arrugas. El pelo no solo se queda convertido de canas, sino también de escasez; a las canas las teñimos ¿y a la escasez?

Nosotros que nunca tuvimos una sola peca, un día se nos aparecen en las manos, las miramos azorados y le ponemos crema a la celulitis, pero nos duele la espalda. Vamos al médico –que equivale a aceptar la realidad-y empezamos el cambio de vida, como si la vida fuera recambiable, renegamos de los viejos hábitos y nos enamoramos forzadamente de otros nuevos, aprendemos palabras inútiles en otros idiomas para denominar terapias y métodos y sistemas y filosofías. Nos agotamos, adelgazamos, nos ponemos más arrugados y más mentirosos; nadie nos cree que somos lo que decimos y terminamos envolviendo nuestra experiencia de vida en un trapo al que tiramos, “¡porque, viejos son los trapos!

En definitiva, nos gastamos el poco tiempo que nos queda para demostrar que el tiempo no existe y entonces el muy guacho nos abraza con su reuma y nos palmea con su artrosis.

 

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