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¿Imaginamos a los duendes...?
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HABLEMOS DE DUENDES

El duende del río Aluminé -cuarta nota-

-primera nota-

-segunda-

tercera

¿Nosotros imaginamos a los duendes, o ellos fingen existir para demostrar la fragilidad de nuestro raciocinio?

 

Don Teo - Doroteo Oscar Prieto

Por: Don Teo -Doroteo Oscar Prieto-

ruca_lo@canaldig.com.ar

 

EL DUENDE DEL RIO ALUMINE

Era verano y el río se empecinaba en refrescar los calores de su entorno. Viejo y porfiado río bordeado de piedras, sauces, llaquis y melosa.

Mi compinche de entonces, Felipe, el hijo del chileno buscador de oro, me invitó a pescar; dudé entre aceptar o quedarme en las casas holgazaneando para disputar a los zorzales las últimas y renegridas guindas del verano; finalmente Felipe me convenció.
Preparamos nuestras lienzas y dando vuelta algunas paladas de tierra en la huerta obtuvimos las suficientes lombrices para carnada, que nerviosas, húmedas y brillosas fueron a parar a un tachito con tierra mojada.

La huella polvorienta nos alejó de las casas; Felipe con sus once años sabía silbar y desflecaba una rancherita apaisanada; yo con mis escuálidos ocho años intentaba inútilmente trocar la torpeza de mi soplido por un silbido. Felipe se reía.

Antes de transcurrida media hora estuvimos instalados en un pequeño arenal acorralado de piedras que se metía en un remanso verdoso del Aluminé; a nuestras espaldas dos maitenes melenudos y un sauce desarrapado y desprolijo nos prestaban la sombra imprescindible.

Encarnamos los anzuelos y ubicándonos a prudente distancia entre ambos comenzamos a pescar; Felipe seguía con su rancherita, yo insistía con mi pobre soplido que se negaba a ser silbido.

El sol reverberaba en el agua y las nubes al reflejarse armaban y desarmaban figuras que mi imaginación infantil asociaba con deforme animales y monstruos quien sabe de qué mundo.
Un amago de sopor comenzó a inundarme, no había pique en mi lienza; Felipe con más fortuna ya había sacado una perca de buen porte.

Estaba yo en cuclillas y concentrado en los reiterados jugueteos del sol y las nubes con el agua cuando me pareció escuchar una especie de chillido hueco a mis espaldas y la sensación de una presencia extraña me sacudió.
Miré con detenimiento las piedras, los maitenes, el sauce, y me pareció que unas matas de cortaderas se movían, lo atribuí a una brisa que en realidad no había.

Mi mirada volvió al jugueteo del sol, las nubes y el río, y ahí fue cuando lo vi. reflejado en las aguas con su cuerpito deforme y el rostro grotescamente simpático que se movía con el ondular del agua. Simultáneamente otra vez lastimó mis oídos el chillido a mis espaldas.

Alelado y con la boca seca, más de sorpresa que de miedo, musité: ¡Felipe!
Y Felipe tan asombrado e inmóvil como yo, contestó: ¡¿lo viste!? ¡Miralo, debe andar por ahicito nomás, entre las piegras…!
-¿Qué es? – le pregunté atontado. No me contestó, seguramente tampoco él lo sabía, a pesar de sus once años.

Olvidándonos momentáneamente de las lienzas, nos incorporamos, vi. de nuevo moverse las cortaderas y algo medio traslúcido, casi gelatinoso parado sobre una piedra, me pareció un enanito…
Felipe dijo algo, no sé qué; volví a mirar el agua y otra vez vi en su ondear la carita deformada, el cuerpecito malhecho y una sensación de lástima, temor, impotencia y simpatía, se apoderaron de mí.

Felipe me gritó:”ahí va, ahí va a los brincos”, y me indicó la dirección de la corriente.
Volví a escuchar aquella vocecita entre humana y fantasmal, como el desvariado clamor de un demente intangible.
Enrollamos nuestras lienzas, dejamos abandonadas a su desdicha a las pobres lombrices de la lata y en silencio emprendimos el regreso.

Trepamos la empinada ladera brotada de chilcas, limpiaplatas y melosa; cuando llegamos a la huella carrera recién hablamos.
-Mirá que linda perca – dijo Felipe, pretendiendo ignorar nuestra ignorancia y temor compartidos.
-¡¿Qué fue lo que vimos?! – pregunté imperativo.
-No sé, tal vez lo mejor es que le preguntimos al agüelo cuando güelva. Y para mi desesperación comenzó a deshilachar su rancherita apaisanada. Yo ni siquiera intenté mi frustrante silbido; caminé nomás mirando sin mirar los impávidos neneos y el sorprendido volar de alguna diuca mientras los bigotes de mis alpargatas hacían polvaderear el gastado caminito piloleño; para mis adentros seguía preguntándome: ¡¿qué vimos?!

Cuando llegamos a las casas ya todos habían sesteado; al abuelo aún no regresaba; había salido a la mañana a campear unos castrones.
Con Felipe no podíamos guardar un interrogante tan grande y al o estar el abuelo, principal deshacedor de todas nuestras dudas, casi a dúo recurrimos al único recurrible en ese momento: Don Valentín, uno de los peones históricos de mi padre.

Valentín interrumpió su tarea puntual de hachar leña, se echó atrás el sombrero y sentándose compadrón y displicente sobre un tronco, sacó despaciosamente su tabaquera de cogote de choique y descargando una risita entre sobradora y cómplice, mientras armaba un “mal hecho” nos dijo:
-A ver, digan nomás qu’es lo que vieron.
Atropellándonos le contamos todo, incluso quizá, algún detalle de más.
Valentín ocultó un instante su rostro tras una espesa nubecita de humo y con aire se sabedor intolerable dijo:
-“Eso jué un duende; lo que pasa qui a los duendes los ven únicamente las mujeres y los koltros; dicen que anda un duende en el río Aluminé…” y empezó a enhebrar contadas entre imaginerías y verdades y en vez de quitarnos una duda, nos agregó varias.

La repentina presencia de mi padre hizo que Valentín volviera a su tarea no sin antes prometernos:
-A la noche haulamos más y mejor.- Tiró el pucho, tosió, se escupió las manos y siguió picando leña.

Cuando la tarde se enrojece esperando la llegada de la noche, arribó el abuelo; después de desensillar y bañar el lomo de su caballo fue a dar las novedades de su recorrida al patrón: mi padre.
Había un momento mágico entre el final de las tareas diarias y el campanazo para ir a cenar; era cuando la peonada intentaba algún mini aseo personal o chamuscaba una milonga junto al fogón mientras el mate estimulaba algún comentario, allá en la cocina de los peones. Con Felipe aprovechamos el momento y al ingresar el abuelo, lo acribillamos con preguntas. Tal vez yo por mi condición de nieto formal arremetí confiado:
-Agüelo, hoy cuando juimos a pescar vimos lo que vimos, como un coso así petisito, fiero y livianito’e sangre; le contamo’ a Don Valentín y el dijo qu’era un duende. ¿es cierto eso agüelo?

El abuelo sentado sobre la maza de una rueda de carro, desde la inmensidad de su sabiduría comenzó a hablar como para sí mismo. Felipe y yo, absortos, nos sentamos en el suelo fente a él y dejamos que sus palabras alumbraran las tinieblas de nuestro entendimiento.
-“Decían los viejos, mucho más viejos que yo, que cuando Dios echó del Paraíso al soberbio y rebelde Lucifer o Luzbel, que quiere decir Luz Bella, muchos ángeles lo siguieron y fueron a parar al infierno, pero hubieron algunos que dudaron en la elección de estar junto a Dios o junto a Luzbel y cuando optaron ya era tarde porque las puertas del Infierno y las puertas del Paraíso se habían cerrado; esos ángeles se convirtieron en duendes.”
“Los duendes son ángeles desubicados y a veces vagabundos que habitan el mismo mundo que nosotros y suelen andar al lado nuestro pero en otra dimensión y cuando el límite entre ambas dimensiones se confunde un poco, ocurre que se los escucha y rarísimas veces que se los vea…”

Atendíamos casi sin respirar las palabras del abuelo, quien conciente de ello continuó:
-“Decían también los viejos, mi abuelo por ejemplo, que el tiempo en la dimensión donde habitan los duendes transcurre paralelo, es decir como el nuestro, con sus años, meses, semanas y días pero que como es un calendario armado antes de San Gregorio, el mes de febrero es siempre igual, es por eso que en los años bisiestos, es decir el 29 de febrero, los pobres duendes se desorientan al no coincidir su tiempo con el nuestro; porque el 29 de febrero es un día en falso, y entonces suele ocurrir que se salgan de dimensión y a veces los cristianos con mayor inocencia puedan verlos…” “Dicen también que en el río Aluminé habita un duende, que suele andar entre la correntada de Rodríguez y el Nahuel Mapi.”

Se interrumpió el abuelo; Felipe y yo quedamos colgados de sus últimas palabras, hasta que al fin y mientras armaba un cigarro, volvió a hablar preguntando y respondiendo al instante:
-Y…¿saben ustedes que fecha es hoy?
-¡Hoy es 29 de febrero! – concluyó.

(“El Duende del Río Aluminé” relato tomado del libro “Entre Coirones y Neneos” del autor de esta nota)



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