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¿Imaginamos a los duendes...?
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HABLEMOS DE DUENDES -tercera nota-

¿Y los nuestros? Calfú el duende de Las Grutas -segunda nota-

 

-primera nota-

segunda nota

¿Nosotros imaginamos a los duendes, o ellos fingen existir para demostrar la fragilidad de nuestro raciocinio?

 

Don Teo - Doroteo Oscar Prieto

Por: Don Teo -Doroteo Oscar Prieto-

ruca_lo@canaldig.com.ar

 

¿Y LOS NUESTROS?

Aún en este tiempo, algunos aborígenes nuestros antes de talar un árbol le piden permiso a su espíritu o sea su dueño, su duende. Es común en nuestra cordillera nordpatagónica que la montaña se “enoje” cuando voces extrañas alteran su paz y quien en realidad se enoja es el “dueño” o sea el duende, el cuidador. Dicen nuestros paisanos, que suelen habitar en sitios perfectamente determinados y claves (se los llama “malos” o “santos” a esos lugares), son famosos por ejemplo el “pino santo” de Tromen, la “piedra mala” de la Medialuna, la “piedra santa” que está entre Puesco y Mamuil Malal, etc. Estos duendes cuidadores no son visibles a los humanos pero hacen sentir su presencia con manifestaciones generalmente hostiles por parte de la naturaleza.

De mis vivencias patagónico-cordilleranas rescato aquellos Tinguiriricas, o según otros: Tinguiricas que son unos enanos muy pequeños, valerosos y débiles cuya mayor especialización consiste en sacar del suelo sus riquezas y como divertimento provocar derrumbes por el rodamiento de rocas.

Los sechus eran quienes guardaban los tesoros (“entierros”) escondidos, solían entretenerse complicando la vida a los humanos al cambiar de lugar las cosas o mezclando las comidas.
Quetronamún: es un enano con una sola pierna; muy feo y a veces (no siempre) con pico de pato.
El Chuviño: es inofensivo pero sumamente molesto y suele divertirse “desamansando” los animales domésticados, especialmente caballos, bueyes o vacas lecheras.
El Anchimallen: que es un enano maldito, sin tripas, de aspecto grotesco, tiene cara de niño y cola de luz. Es travieso, inquieto y peligroso, salta sobre sus víctimas para intentar chuparles la sangre. Siempre que aparece ocurre una desgracia.
Huechal: en Pilo-Lil decían que andaba por el campo, especialmente en los cañadones arbolados incluyendo el cauce y las riberas del río Aluminé; allí asustaba con sus silbidos y chillidos a los niños y a las mujeres. Los hombres adultos no podían verlo ni oírlo. Provocaba pavura por su aspecto gelatinoso y deforme pero era inofensivo.
Ivumche: se trataba de un niño que había sido robado por un brujo (kalku) y que sometido su cuerpo a una serie de torturas terminaba hinchado y deforme ( el brujo le obturaba todos los orificios naturales).

Nuestra muy próxima meseta de Somuncura tampoco escapa a las generales de la ley feérica y hemos escuchado contadas por ahí mencionando duendecillos que se relacionan con “el eco de la piedra” o con la “piedra saltona y caliente” o “cherufe”.
En nuestra vecina y emblemática Meseta de Somuncura, se los menciona simplemente como “el duende”, así en singular, pero sin mayores precisiones en cuanto a sus características ni cualidades, pero siempre relacionándolos con esa especie de magia que la soledad, el frío y la inmensidad le otorgan a este sitio único.

Pero nuestros duendes más famosos no nos vienen desde la mitología mapuche ni tehuelche sino de la “moderna caja mágica” que es la televisión.
A ella llegaron en el 2001, para convertirse en fenómeno televisivo nuestros queridísimos “Peques”: Coco, Nono, Tucu. Tina, Hans, Nino y Chicho que invadieron las pantallas y nuestro orgullo patagónico ya que ¡son neuquinos!

Estos duendecillos resultaron ser profundamente argentinos, pícaros, “vaguitos”, torpes, simpáticos, vegetarianos y por supuesto extraordinarios difusores de las bellezas patagónicas. Uno de sus mentores es Christian Olmos.

Pero no sólo los Peques habitan el mundillo mediático de este tiempo más de algún escritor intentó algún mix de duendes mapuches y galeses con discutible trascendencia.
Conocemos únicamente de nombre a PatagoNel el duende patagónico de la Navidad creación literaria de Dalila G. Giampalmo de Alonso, de Gaiman, Chubut.

En cuanto a la representación plástica, en la Famosa Feria de Artesanos de Las Grutas ha tenido y continúa teniendo especial vigencia un deformado, rotoso y azul duendecillo, habilidosamente logrado por la artesana local, de origen peruano, Olga Palacios. Esta versión grutense se llama Calfú y tiene su respaldo literario en un relato del autor de esta nota y publicado en el libro “Azul Calfú”.

Conocemos también la intencionalidad duendística que existe en El Bolsón, si bien no estamos interiorizados aún de sus identidades y particularidades.

EPILOGO
De todas maneras los duendes pueden existir o no, la certeza absoluta es tan solo una pobre mentira. Me ha ocurrido a veces, en noches de desvelo, que recuerdo vivencias que nunca viví. ¿Absurdo, no? Porque la ilusión es una posibilidad que excede a la verdad y a la mentira. No todo es verdad, ni todo es mentira, no todo es probable, pero todo es posible ¿y entonces, los duendes son ciertos o posibles? Cada cual que decida.
Yo me quedo repitiendo aquella antiquísima aseveración de los “viejos de antes” de que “todo lo que tiene nombre existe”; y la palabra “duende”, es eso, una palabra… (Porque no es que uno crea o deje de creer en ellos, pero “que los hay, los hay”).

CALFÚ, EL DUENDE DE LAS GRUTAS

Alguna vez le preguntamos a la vieja Cushé porqué el mar de Las Grutas era tan azul, en comparación a otros mares; sacudiendo su modorra y por debajo de la maraña de sus crenchas ahumadas nos contó que otros indios viejos, mucho más viejos que ella, le habían referido en su infancia una especie de leyenda, o de “contada” mitad increíble y mitad incierta.

Según Cushé el asunto empezó con el mismísimo Diluvio Universal (la pelea aquella entre Cai-Cai Filú y Treng-Treng Filú); cuando el océano cubrió, todo lo que ahora es tierra seca. Al retirarse las aguas, después de muchos días y de muchas noches, cuando las costas se delinearon nuevamente, todo estaba embarrado y sucio; el mar, la tierra, el cielo, hasta las nubes parecían pastosas y amarronadas. La antigua claridad se había muerto y la querida y vieja luz del sol no alumbraba ya como en otros tiempos.
La poca gente que pudo salvarse quedó en lo más alto de lo que ahora es la Meseta, el resto murió toda; los duendes como son tan livianitos sobrevivieron aferrados a palitos de jarilla, chañar y piquillín pero estaban muy tristes porque el sol, la luna, la espuma y el agua clara parecían haber desaparecido.

Como el tiempo empezó a transcurrir y el mar seguía revuelto y el cielo sucio y amarronado, el más viejo de los duendes Quiñe Calfú, patriarca de todos los Calfú convocó a una multitud de duendes para buscar la manera de recuperar la diafanidad perdida.
De toda la comarca del Golfo vinieron los Calfú y de lugares mucho más lejanos los Tinguiricas, Traucos, Huechales y otros duendes cuyos nombres no vienen al caso.

La asamblea se realizó en la mayor de las playas, frente mismo a los acantilados, seguramente es el sitio donde hoy está Las Grutas; era verano. ¿Sabían ustedes que el Diluvio fue en primavera?
Bueno, la cuestión es que en el presuroso y desafinado idioma que tienen los duendes se discutieron acaloradamente las distintas alternativas y finalmente se convino en comisionar al más antiguo, sabio y honorable, para que trepara hasta el cielo y recuperara, de una vez y para siempre la diafanidad del azul.

Quiñe Calfú fue el elegido y, respetuoso del mandato de sus familiares y amigos, emprendió la difícil empresa. Anduvo días, que se hicieron semanas; primero por las cenagosas dunas y luego por los cañadones de las sucias y embarradas nubes.
Tanto caminó que se le deformaron sus debilitadas piernitas, se le desgarraron y se le percudieron las ropas con las espinas de los chañares y con la humedad barrosa de las tormentas; pasó hambre, frío y desazones, pero al fin logró su fin: llegó al cielo.
Dicen que el sol se alegró mucho al verlo nuevamente y apenado por el aspecto de su ropa se la remendó y pintó con sus rayos amarillos; bien le hubiese gustado poder lavárselas pero el sol no tiene agua, sólo la conoce de vista.

El esforzado y paciente Quiñe Calfú con sus deformadas manitas comenzó a desgarrar las sucias nubes; su viejo amigo Küref, el viento patagónico colaboró con él colándose por cada desgarrón que Quiñe Calfú hacía, y así los iba agrandando hasta formar verdaderos túneles por los que se volvió a ver el cielo, la luna y las estrellas.

El Sol que siempre tuvo una especial simpatía por los duendes patagónicos, volvió a alumbrar la Tierra; Küref lo acompañó soplando y entonces el suelo se secó; tanto se secó que en muchos lugares se convirtió en un páramo.
Quiñe Calfú, después de despejar las antipáticas nubes comenzó a arrancar pedacitos de cielo que fue arrojando sin prisa pero sin pausa sobre el mar patagónico. Como el cielo es muy grande, pudo arrojar muchísimo azul, tanto que el color marrón barroso desapareció por completo y las aguas desde entonces quedaron cristalinas y azules.
Cuando terminó su tarea estaba muy cansado, grande había sido el esfuerzo, tanto cielo había arrojado al mar que la cara y las manos le quedaron azules.
Con la complacencia de su amigo el Sol, Antu, como él le decía, decidió quedarse en el cielo, para encargarse personalmente de que el color de éste siempre fuese intenso y uniforme. Sus familiares, los otros Calfú orgullosos de Quiñe lo imitaron en todo y por eso tienen la piel azul y la ropita harapienta, percudida y dorada. Ellos son los que cuidan el azul en el mar mientras el viejo Quiñe lo hace en el cielo.

Los Calfú para evitar ser vistos suelen mimetizarse con tronquitos de jarilla, de chañar, de matasebo, de piquillín o con pedruscos y algas de mar y muchas veces con las juguetonas olas.
Son muy tímidos los Calfú, por eso es que pocas personas los han visto, solo aquellas que son particularmente buenas y predispuestas, ellas son las que cuentan de sus correrías por la costa, jugando entre las olivillos o pisoteando la espuma que olvidan las olas en la playa.
Dicen también algunos fanáticos de Las Grutas, que los Calfú son duendes exclusivos de estas playas y como no los hay en otras en muchas de ellas aún tienen el agua turbia y el cielo nublado.

( “Calfú: el duende de Las Grutas” relato tomado del libro “Azul Calfú”)



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