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ceremonia mapuche, antes de la liberación de los cóndores en Sierra Pailemán -Río Negro- Argentina-
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Rito mapuche, antes de liberar a los cóndores, también asistieron personas que no pertenecen a los pueblos originarios -diciembre de 2007- fot Marta E. Amado

RINCÓN LITER-ARTE

 

 

Vilma Cayul , si bien conserva sus tradiciones está integrada a la comunidad de Pailemán -Río Negro-Argentina

Vilma Cayul, hija del fallecido Lonco Cayul

 

antes de la liberación de los cóndores

Vilma Cayul asistió a la ceremonia de liberación de los cóndores en Sierra Pailemán, diciembre de 2007 -fot. Marta Eva Amado-

Sostuvo que de acuerdo a las enseñanzas de su padre, el Cóndor es el mensajero - Guenechén- entre las personas y las divinidades.

 

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Y muchos patagónicos más!!!!

 

EN BUSCA DE LA IDENTIDAD CULTURAL PATAGÓNICA

Don Teo - Doroteo Oscar Prieto

Por: Don Teo -Doroteo Oscar Prieto-

ruca_lo@canaldig.com.ar

 

Bien podría, alguna ignota deidad indígena, haberse llamado Identigonia y patrocinado desde el “huenu”-cielo, en mapuche-la tan ansiada Identidad Cultural de la Patagonia, marcándonos parámetros claros en la idiosincrasia a los habitantes del Sur.
Pero no, eso sería sólo una fantasía, absolutamente imposible por miles de razones prácticas y lógicas. No tienen identidad local, quienes no están comprometidos de por vida con el suelo. No pueden sentirse “locales” quienes viven añorando otros lares, ni pueden querer como propia a una tierra, quienes están casi de paso.

De cualquier modo, todo país, todo espacio geográfico habitado sedentariamente por el hombre termina formando con éste una imprescindible amalgama cultural de hábitos sociales, costumbres, modismos, mitos, música, arte, etc.

El hecho de ser patagónicos implica que suframos y disfrutemos nuestra geografía; disfrutarla es fácil, lo difícil es aguantar sus carencias, sus soledades, sus distancias, sus postergaciones, su lejanía de la comodidad y “seguridad” urbanas. El hecho de que soportemos esas particularidades, no quiere decir que nos agraden y que las amemos. Pero en el balance final, sí queremos ser así, como somos, pero mejores y queremos estar aquí, pero bien.

Durante muchas décadas la Patagonia fue marginada, casi como un hábito; éramos el fin desconocido de un mundo que no valía la pena conocer, salvo Bariloche, claro.
En el mapa, la Capital Federal aparecía lo más lejos posible del interior y casi todas las capitales de provincia estaban como si quisieran escaparse de “su” territorio, como si estuvieran hipnotizadas por Buenos Aires y ésta a su vez por Europa. Este país bizco, con tortícolis extranjerista, aprendió a vestirse siempre para afuera, a dar a los de afuera lo mejor, a ignorar meticulosamente lo de adentro. Entre lo de adentro estábamos nosotros: los patagónicos; y llegaría un tiempo en que nos diéramos cuenta de eso.

En mi infancia, mis parientes porteños (los de Boedo y Carlos Calvo) a Neuquén le decían Neuquen y solían confundirlo con Trenque Lauquen o con Santa Cruz y más de una vez a Santa Cruz con San Rafael, con San Juan o cualquier otro referente del Santoral. Este ninguneo geográfico, nos hacía sentir absolutamente “nadies”. Evidentemente no era mala intención, sino desconocimiento, desinformación, desinterés, en definitiva ignorancia.

En Buenos Aires, el interior era el Norte y la Patagonia, casi, casi no era nada. En aquel tiempo -cuarenta y tantos años, no más- para el país argentino, la casa era Buenos Aires, su frente, el Gran Buenos Aires, su patio trasero, el Norte y el baldío de la otra cuadra era la Patagonia.

Se la empezó a conocer por las guarniciones militares o por la “nieve” de Bariloche o la cárcel de Ushuaia. Después vino lo de El Chocón, Aluar, Invap, Piap, Alpat, etc.
El Servicio Militar obligatorio ayudó a tener noción del sur y así se supo en Buenos Aires que existían Junín de los Andes, San Martín de los Andes, Las Lajas, Covunco, Zapala, Río Gallegos, Esquel, etc. El conocimiento no pasó de ser una minúscula anécdota castrense.

La identidad cultural definitiva de la Patagonia está en formación; aún no ha transcurrido el suficiente tiempo como para que se sedimente y establezca mojones y parámetros específicos y originales.
Lo que sí tenemos es una identidad incipiente, imberbe y muy probablemente transitoria o efímera, de la cual, supuestamente, algo quedará.

Originalmente este baldío inmenso fue ocupado por láguidos y fuéguidos quienes dieron origen a los tehuelches que a su vez habrían sido invadidos y dominados por los araucanos o mapuches procedentes de la cordillera, especialmente de su lado occidental.
Los rasgos culturales originarios fueron barridos junto con sus habitantes por la matanza de fines del siglo XIX, conocida como Conquista del Desierto. Las razones geopolíticas que impulsaron este genocidio fueron, sin duda, la consolidación de las fronteras del sur para el país y la eliminación definitiva del problema indígena. Logrado el objetivo, la amplísima extensión incorporada al efectivo dominio nacional, había quedado no sólo libre de indios sino lógicamente “vacía”.

Argentina era un país deficitariamente habitado, al que se le incorporaban nuevas tierras; esta carencia de gente significó obviamente la carencia de cultura propia.
Sucesivos gobiernos recurrieron a distintas, variadas y discontinuas estrategias para intentar cubrir la carencia de habitantes.
Se instalaron guarniciones militares en casi toda la frontera, especialmente en la terrestre. Este poblamiento forzado fue el germen de pequeños poblados, hoy ciudades. Y decimos que fue el germen porque la gran mayoría de los suboficiales de Gendarmería y del Ejército se afincaron y una vez retirados de la vida castrense se incorporaron definitivamente a la cotidianeidad social y laboral que comenzaba a forjarse. Mencionamos a los suboficiales porque fueron los más numerosos pero no faltaron al desafío poblacional algunos oficiales.
Juntos con gendarmes y militares llegaron los maestros, los empleados de correo, de Aduana, policías, Parques Nacionales, Ferrocarriles, Vialidad, etc. etc.
Distintas causas internas o externas generaron movimientos inmigratorios de galeses, italianos, españoles, alemanes, europeos en general, chilenos, bolivianos, mendocinos, cordobeses, jujeños y de todas las demás provincias del centro y norte.

Lentamente los gobiernos de turno fueron tomando conciencia que el vasto territorio patagónico aportaba el 85% del petróleo nacional; el 100% del carbón; casi el 60% de la energía hidroeléctrica y el 88% del gas y que más del 60% de las capturas pesqueras se desembarcaba en puertos patagónicos. Advirtieron también que la potencialidad se acrecentaba si se consideraban emprendimientos industriales como la producción de aluminio, de carbonato de sodio, de madera; el aprovechamiento de sus exclusivos recursos turísticos que ya no eran solo la nieve de Bariloche sino la de Chapelco, Cerro Bayo, de La Hoya, de Batea Mahuida, Copahue, Primeros Pinos etc.; aparecieron destinos turísticos nuevos y pujantes: El Bolsón, San Martín y Junín de los Andes, Ushuaia, Esquel, Puerto Madryn, Las Grutas, Villa Pehuenia, Aluminé, Gaiman, Lago Puelo, Trevélin, El Calafate, solo por citar algunos. En el tren de enumerar potencialidades quedan en el tintero la minería, la fruticultura, la ganadería, la producción lanera y alardes tecnológicos y de investigación como la Planta de Agua Pesada, Altec, el Instituto Balseiro o las varias y excelentes universidades.

No obstante los altísimos aportes al desarrollo nacional, aquel viejo y peyorativo concepto de “desierto” se siguió apuntalando a través del INDEC, que machacaba incesantemente con la baja densidad poblacional.
Pero la amplísima gama de potencialidades de este “desierto” fortaleció el afincamiento de nuevos habitantes que llegaron con esperanzas, ilusiones, espíritu de sacrificio, y también con una mochila propia e individual de cultura, tradiciones y costumbres; todas se fueron ensamblando, superponiéndose y evolucionando y siguen haciéndolo. El resultado será nuestra definitiva Identidad Patagónica.

Por ahora, ya se advierten intentos literarios, plásticos y musicales. Todos toman algo de todo, en feliz melange conviven nombres autóctonos, con costumbres adaptadas y hábitos que fueron importados y que hoy ya usan bota y bombacha.

Tal vez nos hayamos cansado de la autocompasión y del silencio, tal vez escuchamos y tratamos de entender mil razones que nos gritaron desde lejos, pero hemos empezado a madurar, a ser alguien, a tener identidad y, en mi caso, si bien la razón no es sólo patagónica, la razón patagónica es mi razón.

 



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