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El Magritte cuando llegó al Puerto de la ciudad de Puerto Madryn, pcia de Chubut con 123 siniestrados del Irízar, otros transportó el Don Cayetano-fot. Claudio Velázquez-

CRÓNICAS DEL AYER

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Irízar en plena tragedia -Fot.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RESCATE EN EL MAR, TRAS INCENDIO DEL IRÍZAR

 

EL MAGRITTE NAVEGÓ A TODA MÁQUINA Y LA TRIPULACIÓN ACTUÓ RÁPIDO Y CON ARROJO

-Entrevista a Claudio Rubén Velázquez, segundo capitán del Magritte-

 

Marta Eva Amado

info@cronistasao.com.ar

-Nota especial-II

-mayo 12 de 2013-

 

 

 


LOS 19 QUE TRIPULARON AL MAGRITTE, ADEMÁS DE UN INSPECTOR, QUE NO FUE IDENTIFICADO:


1. Carlos de la Vega –primer capitán- , 2. Claudio Rubén Velázquez –segundo capitán-, 3. Rodolfo José Rodríguez, 4. Fernando Montenegro –jefe de máquinas-, 5. Martín Ariel González, 6. Héctor Alfredo Chaparro, 7 Daniel Salvador Brites, 8. Sergio Marcelo Porcel, 9. Santos Alfredo Barrios, 10. Jesús José Peluso, 11. Marcelo Navarrete, 12. Fabio Mauricio Carmona, 13. Luis Ricardo Rodríguez, 14. Rubén Olivera, 15. Miguel Ángel Vera Aranda, 16. Néstor Maya Duarte, 17. Diego César Gómez, 18. Julio Hernández Loureiro, 19. Pablo Linaro Retamosa.

 


Al momento del incendio del Irízar, -11 de abril de 2007-, Claudio Velázquez tenía 35 años y 17 contó desde que se inició en la pesca. Ocupaba el cargo de segundo capitán del Magritte –pesquero de media altura con 40 metros de eslora y bandera de Argentina, no obstante que pertenecía a la empresa uruguaya Griffin con asiento en Puerto San Antonio Este, con el pabellón de su país o el de cualquier otro nunca podría operar en estas aguas-. En los comienzos Velázquez anduvo en las lanchas artesanales a escasas millas de la costa, pero como el trabajo no era continuo por el mal tiempo, decidió subirse a los barcos grandes con salidas sin que se les frustraran.


Velázquez recordó sobre otros salvatajes. Dijo que en este caso lo bueno fue que no tuvieron que lamentar nada a diferencia de lo que pasó con el Jesús del Camino en el golfo San Matías en 2004. “Estábamos cerca cuando recibimos la noticia de que se encontraba en emergencia y al llegar no pudimos hacer nada”, explicó en un tono más que sentido.


-¿Y cómo se enteraron del incendio en el Irízar?, pregunté.

-Nosotros ya veníamos para puerto, -dijo Claudio Velázquez aquella vez y a unos treinta días del siniestro- habíamos completado la carga, y después de pasar a Prefectura la posición del pesquero, nos llamó y nos alertó que en “Tres Alfa” había un barco en emergencia y que el que estaba cerca que fuera a auxiliar.

Y aclaró que los barcos tienen que pasar a Prefectura tres veces por día la posición dónde se encuentran y el tipo de tareas que realizan. Si pescan, navegan o están al garete –moverse por la fuerza del viento, del mar o la correntada- . Y esa tarde del 11 de abril el Magritte estaba en “Tres Alfa” –zona del paralelo 42 hacia el Sur y el tiempo para alcanzar al Irízar se medía en unas tres horas de navegación.

-Entonces al enterarnos de la emergencia, muy rápido cambiamos de rumbo y fuimos a toda máquina, como quien dice, ¿no?, apuntó un Claudio Velázquez con señales de distención.

Y mientras iban al lugar del accidente recién ahí les dijeron que era el Irízar y que tenía un incendio a bordo. Pero en ningún momento les avisaron si estaba controlado y que la gente ya estaba en las balsas.

-No sabíamos nada, -dijo con voz de asombro, ojos inquietos y gestos con manos abiertas- hasta que logramos comunicarnos con el capitán del Irízar. Y ahí nos avisó de que al fuego no lo habían dominado y que la gente estaba en las balsas salvavidas. En el barco sólo habían quedado el capitán y otro colega suyo –el comandante Losada que fue el último que lo dejó-.

También recordó Velázquez cómo prepararon al Magritte para asistir al Irízar.

-Bueno, -dijo- ahí cambiamos todo el sistema de maniobras. Entramos a poner paños en las bandas. -Y aclaró rápido- Eran redes que se ponían en los laterales del barco y que hacían las veces de protección y de escalones para que la gente pudiera subir. Y también comentó que utilizaron los portalones que tiene en la mitad, que son como dos puertas que se abren y desde ese lugar ubicaron una escala de gato o escalera.

Y nosotros habremos llegado a la una y media, dos de la mañana al lugar donde estaban las balsas y estuvimos todo el día 12. A la madrugada hicimos el rescate y sobre las cinco ya teníamos a los 123 y después nos quedamos hasta cerca del mediodía porque seguimos buscando y para ver si el capitán se quería bajar, contó Velázquez sin que lo interrumpiera.

También tuvo palabras de reconocimiento hacia la gente de la Marina de Trelew que comandó los aviones. Comentó que cumplió una gran labor y que veía desde arriba y los guiaba y les decía dónde estaban las balsas, dijo además que el tiempo estaba muy feo y que había mucho oleaje.

Y una vez que hacían el rescate, a las lanchas las pinchaban y les rompían la luz que destellaba para que otros barcos o ellos mismos no volvieran a seguirlas cuando navegaban por otras búsquedas.

-¡Qué lástima que no pudieron recuperar las lanchas salvavidas!, dije de pronto.

-No, no, -respondió enseguida- el tiempo no era favorable para recuperarlas. Nosotros tratamos de llevar rápidamente la gente a puerto porque la mayoría estaba mojada, con frío, el agua había entrado en las balsas. Y los muchachos hasta le tuvieron que dar ropa. Yo calculo que no sé qué hubiera pasado si el accidente se desataba más al Sur o por allá en la Antártida. Ellos mismos después que se les pasó el susto y se tranquilizaron reconocieron que tal vez en otras condiciones extremas no hubieran sobrevivido.

También contó que la gente de las balsas no estaba nerviosa y que se manejó bien, tanto de un lado como del otro, aclaró luego. “Para nosotros fue una gran experiencia, porque uno no está preparado para hacer semejante evacuación. Uno ve lo teórico, pero en la práctica cambia totalmente”, sentenció y en la cara le asomó una abierta sonrisa.

Y hasta le preguntaron al capitán si los 19 del Magritte estaban entrenados o adiestrados por la forma rápida y eficiente que hicieron el salvataje.

-Comentaron que alguien había caído al agua, apunté para que diera su versión del hecho.

-Sí, sí, se cayó al agua el último que rescatamos y que estaba solo en la balsa. Ese que le dije que al final se había quedado con el capitán a bordo del Irízar y después el capitán se quiso quedar. Y bueno, este hombre decidió abandonar el barco, Losada que fue el comandante de la expedición. Y se cayó y quedó agarrado de la red cuando lo fuimos a sacar de la balsa que se le fue y no pudo subir. Y ahí fueron dos muchachos, Navarrete y Miguel Vera y lo auxiliaron.

El Magritte levantó solo a 123 hombres. En cambio en el buque tanque petrolero Scarlet Ibis subieron mujeres y niños/as ya que fue el primero que llegó al lugar del incendio. También socorrió el Don Cayetano.

A los siniestrados los llevaron a Puerto Madryn.

-¿Y dónde los alojaron?

-Los llevaron al hospital –dijo- y enseguida tenían vuelos a Buenos Aires y a Puerto Belgrano. Se fueron ahí nomás, y se notaba que había mucha ansiedad por llegar a sus casas.

La verdad –dijo Claudio Velázquez- uno se pone muy contento porque salió todo bien. Mal se pone cuando, como le contaba al principio que me tocó con el Jesús del Camino. Un barco de Mar del Plata que pescaba en este golfo y cuando llegamos no pudimos hacer nada, porque no había nadie y era de noche y eso lo entristece a uno, porque son compañeros.

-Es una profesión de mucho riesgo, -dije y después pregunté- ¿Y cuándo salen piensan en eso?

-Y es el riesgo que corremos los que elegimos este oficio. –respondió Velázquez con calma y fijó a una de sus manos el mentón como si pensara todavía en aquella tragedia del Jesús del Camino que la contó en forma reiterada. Hasta que al final dijo:

“Y uno sabe que están los riesgos, pero no los quiere asumir -y se rió-. Ni desear, uno sabe que siempre están latentes. Incendio, abandono, hundimiento, ¿no? Uno sabe la vez que larga las amarras, pero no sale pensando en eso, sale con lo mejor".




 

 

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