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HISTORIAS DE VIDA DE SAN ANTONIO OESTE

 

Don Salomón Alí, “El Turco Salomón”: un pintoresco changarín de la antigua estación de trenes

 

Marta Eva Amado

info@cronistasao.com.ar

-Nota especial, segunda edición-

Dibujo a lápiz Joaquín "Bocho" Izco

-primera edición Tiempo de Vacaciones-2007-

-abril 12 de 2013-

 

El Turco Salomón desarrolló su vida activa entre las décadas del ’30 y ’50. Y uno de los trabajos principales consistió en acarrear los bultos de los viajeros desde o hacia las oficinas de la empresa de colectivos Transportes Patagónicos, en el centro de la ciudad, hasta la antigua estación de trenes, la de chapas que aún se conserva, a orillas de la marea. -Los ómnibus recorrían el sur de Chubut y llegaban a San Antonio Oeste y los pasajeros que iban a Buenos Aires debían continuar, el viaje en tren-.

Entre 2006 y 2007, algunos hijos de primeros pobladores –Herminia Amestoy, Mary Acosta, Elida Devia, “Bocho” Izco, José Luis Fasanelli, Yamil y Juan Neman, “Negro” Kanje, Chano De Bunder y Adolfo Fragoza- se sumaron con sus recuerdos para reconstruir la historia del “Turco Salomón”. Y los datos curiosos y risueños del afamado Changarín vistieron por un momento con especial colorido aquellos tranquilos años del San Antonio de bastante tiempo atrás.

-¿Qué recordás de Salomón?, pregunté esa vez a don Adolfo Fragoza.

-Fue uno de los tantos personajes que tuvo San Antonio –dijo con seguridad-. No hablaba bien el castellano, pero se hacía entender. Era el primero que aparecía con su carrito en el corso que vendía serpentinas y papel picado. ¡Ah!, largó de pronto como si esa película del ayer le hubiera dado un sacudón- Comía unos pucheros deliciosos como ninguno y doy fe porque varias veces me invitó para que participe del festín.

Comentó también que cuando Salomón estaba en la estación pagaba un canon o un derecho para trabajar y que el puesto se llamaba Mozo de Cordel. Aún me acuerdo -dijo turbado y riéndose- que nosotros, de muchachitos, le sabíamos robar los clientes para hacernos de unos centavos y que él se enojaba muchísimo y nos echaba diciéndonos, en media lengua: ‘abuera, abuera, pequeños diablos’.

Y don Chano De Bunder también dio otros datos del singular personaje.

“Era changarín, vivió solo y no tuvo hijos”, -precisó de forma breve. -Y al rato siguió con sonrisa pícara: “Andaba siempre de gorra con visera con una chapita que decía su nombre. Era un gordo fuerte y macanudo, muy jocoso. Tenía mujeres de sobra. Y por lo que me contaron, al poco tiempo que se fue murió en el Valle”.


Algunos dijeron que llegó de Turquía, pero otros, que su origen fue bien árabe, porque en aquellos tiempos, no hubo inmigración de turcos.

Tenía mediana estatura y figura regordeta. Y siempre iba con el paso apurado, al bajar la callejuela de la antigua estación de trenes, mientras arrastraba su modesto carro de solo dos ruedas. Además lo recuerdan con cejas espesas, pelo abundante y largos bigotes. “Nunca pasaba desapercibido”, apuntaron en esa ocasión.

Y en el pueblo nadie supo que tenía parientes hasta que se sacó la Grande de Reyes. Ahí sí, los vecinos se enteraron, incluso hasta él también, cuchichearon algunos de los entrevistados y se rieron con ganas. Contaron que en realidad se lo veía muy contento de que apareció la familia y que cuando le preguntaban decía que vivía en General Roca.

“Claro, -comentó después Mary Acosta al preguntarle si era cierto- si Él era solo, solo, huérfano de toda orfandad, como para no alegrarse que los tenía. Y después que sacó la Grande, los fue a visitar y cuando vino, como a los dos años ya no le quedaba ni un centavo”.

De modo que esa fue una de las versiones de los recuerdos y la otra, que se gastó todo, en el juego y en las mujeres.

Y Herminia Amestoy dijo con demasiada seguridad: “Yo lo conocí cuando trabajé en Transportes, porque él era changarín”.

Recordó que esa vez que se fue, después le acercó un hermoso regalo. “En ese tiempo no se usaban los estampados y me trajo una seda que era una belleza, no sé de donde la habrá traído. Era verde, roja y amarilla, tenía unas flores así de grandes –y ayudó con un gesto de manos bien abiertas-. Y era duro para hablar y él me acompañaba, era muy compañero”, agregó y hasta le oí una voz que sonaba a pura nostalgia.

“Vivía solo, en una pieza de chapas frente a la Escuela 6 –dijo Fragoza muy dueño de sí- con un baño lejos, fuera que en ese tiempo se llamaba excusado. Y allí en la pieza tenía todo, cocinaba y dormía.

“Pero eso sí- aseguró Yamil Neman, mientras se reía y creí verle en la cara una mueca de labios como de prohibido misterio- siempre, alguien lo acompañaba”.

También hacía helados, dije.

- “Ah, sí- confirmó Yamil Neman- él mismo los fabricaba –y ahí contó con ricos detalles:

“Los hacía con un tacho que por fuera le ponía hielo y sal y por dentro tenía unas paletas agarradas de una especie de plato y con un sinfín daban vueltas. Y había que batir y batir como una hora, -y sacudía la cabeza- hasta que se formaba la crema. Y era con huevos, ¿eh? Y a nosotros, que éramos pibes, cuando le ayudábamos nos daba uno chiquitito así -con el pulgar e índice de la derecha marcó unos escasos centímetros- . Y así, quedábamos contentos y felices –y se rió con fuerza y apretó la boca hasta que paró- . Y luego, a la siesta, los vendía. Iba con un carro con ruedas de bicicleta, que en realidad, no era más que un cajón que le ponía aserrín, hielo y sal y ahí, metía el tambucho con el helado y lo distribuía con una cuchara ancha”.

-En esos tiempos, los heladeros solían andar a la siesta, comenté.

-Claro, sí, a las dos de la tarde, -dijo tras avanzar con sus recuerdos- a las tres con todo el sol. Y el helado era muy trabajado, ¿eh? Y a la noche cuando venía el tren de Buenos Aires, él iba a la estación del ferrocarril y se hacía las changas. Pero él se derrochó toda la plata, toda la plata se derrochó.

-Me contaron que hasta sacó la Lotería de Reyes y que ahí le empezaron a caer los parientes, apunté.

-Y uno no está tan familiarizado en lo cierto, contestó Neman con especial cuidado aquella vez.

También, coincidió con los recuerdos de Fragoza. Dijo que Salomón que trasladaba el carrito con las manos y de las dos varas, durante las noches de los carnavales lo llenaba con papel picado, pomos y serpentinas y que acaparaba la atención de la gente del pueblo que allí festejaba. Y que mientras vendía y vendía, siempre ligaba alguna que otra broma...

Recordó que para un corso, un vecino de rostro delicado, se le ocurrió disfrazarse de mujer y que durante la noche no paró de seducirlo. El Turco embobado, en un momento, le regaló un pomo lanza-perfume y en otro, un paquete con papel picado... y hasta que por ahí, los dos se tiraban besitos. Y Al final, Salomón le decía: esta noche me encuentro con vos, cuando termine el corso.

“Y bueno –continuó Neman- la mascarita cada dos por tres pasaba y le sacaba un paquete de serpentinas o si no, un pomo. Y él se había entusiasmado. Y en esas le tocaba la cara y le daba besos. Y yo me acuerdo que se terminó el corso y el Turco se apareció y le dijo: Bueno, vamos, vamos. Y la disfrazada le dijo: esperá un cachito, ¿Sabés quién soy yo? Y ahí nomas se sacó la careta – ¡Ah!, cuando supo que era un hombre, lo corrió como diez cuadras, por la mentira, ¿vio?, dijo Neman y largó al hilo varias carcajadas que sonaron como repiques de hojas de fina lata.


Y otra de las anécdotas, esta la recordó Fasanelli. Sucedió en el bar Sporman, donde esos muchachos, los que a veces le dedicaban alegres canciones, le hicieron tomar una mezcla de bebidas... Y luego, cuando no pudo más, lo dejaron tendido sobre unas mesas cubierto con hojas de malva como si fuese un muertito de verdad.

“Él era famoso –dijo también Fasanelli- tenía un carro con dos ruedas, vendía verduras y después iba a buscar los diarios, ahí cargaba todo. Después se dedicó a las maletas”. Y recordó que también le gustaba el juego.

-Jugaba al Sapo, dijo.

¿Y cómo se jugaba?, pregunté.

-El sapo estaba en el piso y según caía la ficha, cuando se la metía al sapo, era lo máximo. Jugaban a 5 mil puntos. Era bravo, bravo el Turco para el juego, apuntó Fasanelli en esa oportunidad y hasta movía la cabeza como si aún desaprobara con alarma las inclinaciones de Salomón.

También Elida Devia hizo uno de los aportes. “No tengo que decir mucho de él, era un changarín de la época de los trenes y me acuerdo que le habían hecho una canción. Él iba con su carro y le cantaban.

Y tras pasar los años, sobre el final de los ’50, dijeron que Salomón ya no era el mismo. Su aspecto estaba descuidado y que en el cuerpo tenía un feo sarpullido, en los brazos y las manos. Y que al poco tiempo, se fue para General Roca. Seguro que allí, -comentaron- algún pariente le dio cobijo y lo asistió hasta el final de sus días.

Y ahora que por la memoria de algunos hijos de pioneros, la figura del afamado Changarín de la estación de trenes salió a la luz, tal vez ocupe un merecido lugar en la historia de los personajes pintorescos que tuvo esta ciudad.


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