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CRÓNICAS DEL AYER

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Luis Guidi -fotografía, libro Memorias, Tito Livio Guidi-

 

Juan Cadorna "Juancho" Guidi -quinto de los nueve hijos de la flia. Guidi-Mauri-con su señora, Esther Rivera -fotografía Memorias de Tito Livio Guidi-.

Ana María Canals-Guidi, nieta de Luis Guidi -fotografía cronistasao-

 

 

 

 

 

 

 

 

Tito Livio Guidi, noveno y último hijo de flia Guidi-Mauri -fotografía cronistasao-

 

 

 

 

 

 

Cristóforo Guidi, padre de Luis Guidi -fotografía Memorias de Tito Livio Guidi-

 

 

 

Luis Guidi -séptimo, segunda fila de atrás hacia delante, sobresale de quienes están de pie -fotografía Museo San Antonio Oeste-.

 

 

 

 

 

 

Cristóforo Guidi

 

 

Tito Livio, noveno y último hijo de Luis Guidi-Raquel Mauri -fot. cronistasao-

 

 

 

 

Fonda de Paride -hermano de Luis Guidi- en Choele Choel -fot. Memorias Tito Livio Guidi-

 

 

 

 

 

Hermanos Guidi, Paride, José y Luis -fot. Memorias Tito Livio-.

 

 

 

 

 

 

 

Tito Livio cuenta las historias de su padre, Luis Guidi -fot. cronistasao-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tito Livio Guidi -fot. cronistasao-

 

 

 

 

 

 

 

 

Tito Livio Guidi durante una de las entrevistas, mientras repasa fechas familiares de un antiguo cuaderno -fot. cronistasao-

 

 

 

 

Juancho junto a su esposa Esther Rivera -fot. Memorias Tito Livio Guidi-.

 

 

 

 

 

 

 

Raquel Mauri y Luis Guidi -fot. Memorias Tito Livio Guidi-.

 

 

 

 

Familia Guidi-Mauri -fot. Memorias Tito Livio Guidi-.

 

Familia Guidi y Camarda -fot. Museo San Antonio Oeste-.

 

 

Raquel Guidi de Cambarieri, nieta de Luis Guidi, durante una de las entrevistas -fot. cronistasao-.

 

 

Familia Guidi Mauri -fot. Raquel Guidi-.

 

 

Familia Guidi-Mauri -fot. Raquel Guidi-.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vista actual ex-panadería Guidi -fot. cronistasao-.

 

Ex cuadra panadería Guidi, en la actualidad funciona un gimnasio a cargo del profesor Calabró -fot. cronistasao-

Puerta del horno de la panadería Guidi -fot. actual cronistasao-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sala ex California panadería Guidi, lugar cálido donde se levaba el pan -fot. actual cronistasao-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tito Livio Guidi -fot. cronistasao-

 

 

Ballena que encalló en las costas del golfo San Matías y después la compró Luis Guidi -fot. San Antonio Oeste y el Mar, libro Héctor Izco-.

 

 

 

 

Francisco Jugovac mientras contaba historias de San Antonio Oeste -fot. cronistasao-.

 

 

 

Beto López de joven trabajó en la panadería Guidi -fot. cronistasao-.

 

 

 

Luis Guidi, quinto de izq. a der en sus últimos años junto a su familia, amigos, padre Rosatto y el último de pie, Pablo el alemán que trabajó en la panadería y vivió en el mismo predio -fot. Raquel Guidi-.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De izq. a der. entre quienes están de pie, el último, Pablo, el alemán -fot. Raquel Guidi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marca que había puesto Luis Guidi a las cocinas que vendía -Material Raquel Guidi-.

Carta escrita a máquina por Luis Guidi -material Raquel Guidi-

 

 

 

 

 

Un cuarto de manzana correspondía a la superficie del terreno orignal y estaba ocupado por: salón de expendio, cuadra y patio, todos en planta baja y hasta parte de la casa que también se extendía a la alta. -fot. actual cronistasao-.

 

Ex cuadra panadería en la actualidad funciona un gimnasio a cargo del profesor Calabró -fot. cronistasao-

 

Ex cuadra panadería Guidi -fot. cronistasao-

 

 

 

 

HISTORIAS DE VIDA DE SAN ANTONIO OESTE

 

Don Luis Guidi (1887-1971), inmigrante italiano mezcla de coraje, astucia y la mira puesta en el trabajo para progresar

Marta Eva Amado

info@cronistasao.com

-Investigación periodística-

-Nota Especial-

18 de febrero de 2015

Luis Guidi -fotografía y logo en bronce -Raquel Guidi, nieta de Luis Guidi-.

Tuvo el oficio de panadero y fue uno de los primeros pobladores de San Antonio Oeste. Desde muy joven vivió en lugares inhóspitos sin tener en cuenta los peligros del entorno.

Llegó de Italia cuando era chico, no obstante aplicó en su vida la cultura del trabajo, tal como la gente mayor que venía en iguales condiciones y en su caso, hasta con creatividad y osadía. En el ámbito familiar apoyó con su mujer Raquel Mauri que sus hijos realizaran estudios superiores fuera de la localidad –nada común para la época- siendo algunos de ellos, primeros universitarios o especialistas nacidos en San Antonio Oeste –la mayoría por razones laborales o propias no ejerció en el lugar-.


La fatalidad lo marcó en el nacimiento


Luis Guidi nació un 23 de febrero de 1887 en Taberna –Italia-, pueblo de la zona de Emilia Romagna y fueron sus padres Asunción Savioli que murió en el parto y Cristóforo Guidi, con cargo de cónsul en su país.

“Papá fue criado por la vecindad”. Contó Juancho, quinto de los nueve hijos de Luis Guidi y Raquel Mauri, en junio de 1987 y fallecido en 2001, al ser filmado para un video como recuerdo de la familia Guidi-Cambarieri de San Antonio Oeste-.

“Mi abuelo –siguió exponiendo- se casó cinco veces, pero solo tuvo los cuatro hijos –José, Paride, Marieta y Luis- con una sola mujer que fue mi abuela. Que justamente, cuando mi padre nació, la que después sería mi abuela materna lo amamantó, porque había quedado huérfano”.


“Después el papá –agregó en una entrevista Ana María Canals Guidi, nieta de don Luis- se casó con otra señora, que según contaba el nono era buenísima y siempre decía que había sido una madre para él”.


De Italia a la Argentina


Nueve años más tarde, en 1896, el pequeño Luigi o Luis llegó de Italia a Buenos Aires y de allí, viajó hasta Viedma, en compañía de la hermana Marieta para encontrar una mejor oportunidad, lo mismo que los otros dos hermanos que estaban afincados desde antes. José en aquella ciudad con negocio de panadería y fidelería y Paride en la de Choele Choel al frente de una fonda donde se daba de comer y dormir.

“En Viedma –puntualizó Juancho- mi padre permaneció pupilo en el colegio mixto San Francisco de Sales”. Y recordó con orgullo que fue compañero de Ceferino Namuncurá –también su madre- y que después de uno o dos años el papá escapó y llegó a Choele Choel para estar con sus hermanos Paride y Marieta que atendían el negocio de la fonda. –Dijo que lo acercó un carrero que transportaba una tropilla de caballos que ya no servía para hacerla trabajar-.

Durante un tiempo, Luis ayudó a su hermano Paride en las tareas de limpieza que demandaba el negocio.


Búsqueda de independencia


Después, escribió Tito Livio Guidi, noveno y último hijo de don Luis y Raquel Mauri, en su libro Memorias, 2013, editorial Pronto: “Mi padre ansioso quería hacer algo similar a lo de su hermano Paride, para independizarse y es así que se informó con un parroquiano que frecuentaba el negocio que, en un lugar del sur, distante 150 km se podía poner un negocio de iguales características; dado que por dicho lugar pasaban periódicamente contingentes de carros que llevaban cueros y lanas al precario San Antonio Este, el lugar se llamaba Paja Alta o Pajalta. Aún hoy guarda su nombre y el paraje se halla ubicado entre la localidad de Valcheta y Aguada Cecilio y que surgiera con el paso del ferrocarril”.


También detalló que en ese lugar había uno o más ojos de agua y que hacia el sur se veía un acantilado de unos 50 metros y que de Este a Oeste y sobre la margen Norte se alzaba un cerro enorme con forma de sombrero. Aseguró que su padre fue quien lo bautizó y que así figuraba en las cartas y mapas actuales.

Tras continuar con la historia, apuntó que su padre con solo 18 años había puesto un negocio de venta de bebidas y otros enceres con el parroquiano que lo acompañó porque conocía la zona. Y destacó que cuando los carros demoraban en llegar, subía al cerro Sombrero para ver si vislumbraba la polvareda que le daba pistas del inminente arribo y entonces hacía con tiempo las masas caseras como el pan o las tortas fritas o demás alimentos que solían pedir los hambrientos y extenuados clientes.

“Fue con Ivo Gianinni que se asoció mi padre, porque conocía ese lugar que estaba cerca de Valcheta –recordó Juancho durante la charla con su familia- y vendía artículos de primera necesidad a los indios de los alrededores. Las ventas se hacían con rejas porque no había nadie que los protegiera”.

Y amplió con un incidente imprevisto y peligroso para su vida que lo hizo cambiar de rumbo geográfico. “Un día llegó un indio borracho y aprovechando que la puerta estaba abierta, entró al boliche, lo arrinconó a mi padre con un asador y justo en ese momento entró Gianinni que siempre andaba con revólver. Le pegó un tiro en la mano al indio –en el brazo derecho- y le hizo soltar el asador, si no mi padre se hubiera muerto ensartado. A raíz de eso, papá se asustó mucho y sirvió para que dejara el lugar”.

Pero antes, una visita inesperada

“Y estando en ese negocio –recordó Ana María Canals- un día apareció un señor, que mi nono se dio cuenta de que era su papá, pero, claro, él tenía muchos más años desde la última vez que había estado con su padre.

-Calculá –soltó y sacó la cuenta en voz alta- Luis se fue de Italia de 9 años, tendría en ese momento 16 o 17. Estaba grandote, chivudo, de pelo largo, abandonado y el papá Cristóforo no lo reconoció.

-¿Conoce a Luis Guidi?, le preguntó Don Cristóforo aquel día al entrar al precario boliche o pulpería de entonces.

-No, no lo conozco –respondió el muchacho sorprendido.

(-Le dijo que no –aclaró Ana María- porque le dio vergüenza de que su papá lo viera en esas condiciones.)

-¿Pero, cómo, si a mí me dieron el dato que mi hijo Luigi estaba por acá?, -resaltó con desconcierto Cristóforo Guidi tras llegar al lugar con un baqueano conocedor de la zona-.

Y cuando Luis Guidi vio que el papá se subía al caballo –para irse-, salió rápido y le gritó: Soy yo, Luigi. –Puntualizó Ana María sin disimular la emoción que la embargó de revivir de alguna manera ese encuentro tan afectivo entre padre e hijo-.

-Qué duro, ¿no? –reflexionó al instante-, mi nono era un niño. Aun así, - que se manejaba solo, pero era un niño –y después de hacer hincapié en la frase, suspendió la mirada en un punto alejado de la conversación-.

(Cabe aclarar que para ese entonces, por la edad de 20 años, Luis Guidi ya tenía porte de hombre de enorme figura llegando a rozar casi los dos metros. Fotografías de la época pero en San Antonio Oeste lo muestran que sobresalía entre quienes se ubicaban de pie. Usaba pelo muy corto que permitía observar la amplitud de la frente con un rostro rectangular acorde a su gran estampa. “Mi nono tenía los ojos celestes, celeste cielo –recordó Raquel Guidi, nieta, en 2014- ).

Y volviendo a la charla con Ana María, el relato del encuentro de Luis con su padre Cristóforo dio motivo para que recuerde cómo expresaba su nono los afectos.

“No era el abuelito, de ese que te agarraba, era como rústico, no bruto, el te agarraba ya siendo viejito y se ponía a cantarte canciones en italiano y vos te las conocías de memoria y era el mimo de él”.

Tampoco estaba adaptado a la época de los últimos años ni a los costos, dijo sonriente.

-Tomá, para que te compres ropa –solía decirle- y le daba un billete de 10 pesos-.

-Pero esto no me alcanza para nada –reclamaba la jovencita-.

-¿Cómo que no te alcanza?, -decía don Luis, sin entender la demanda-.

(Y al cabo de unos días)

-¿Qué te compraste?

-Una pollera, un pantalón, pero mi mama me compró –apuntaba Ana María con actitud entre risueña y comprensiva.


Otra vez en Choele Choel

“Mi nono –refiriéndose Tito Livio a Cristóforo Guidi, una vez que se reencontró con su hijo Luis- agarrándose la cabeza con las dos manos exclamó: ¡¡¡“Donde has venido a parar hijo mío!!! –y sin dejarlo reaccionar lo obligó a abandonar todo”.

De nuevo en Choele Choel, Luis siguió con los trabajos de limpieza y de mozo en la fonda de su hermano Paride.

“Allí almorzaba y cenaba gente de campo, carreros, changarines, peones, alambradores, jagualeros y la autoridad máxima del pueblo, un Oficial”.

“Este Oficial marcó todo el devenir futuro de mi padre, quien me contó lo acontecido en forma reiterada”.

El incidente


(El relato está extraído de una serie de entrevistas que hiciera a Tito Livio en 2004, en Las Grutas).


Contó que el Oficial iba todos los días a comer a la fonda de Paride en Choele Choel.

Dijo que se sentaba solo y siempre en la misma ubicación –comía y no hablaba con nadie-, parecía un gran señor, se ponía la servilleta agarrándosela por el cuello, -era el Oficial, el juez, el sacerdote, era todo!!!!, en ese lugar-. Y mi padre ayudaba a servir la mesa y este señor siempre tenía problemas, -destacó como justificación-.

-Esta sopa está fría –reclamaba de manera habitual con enojo- tráigamela caliente.

Y en otro momento.

-Acá no hay fideos –y apuntaba con el índice tieso hacia el plato de sopa caliente- , joven, -decía y lo miraba con las cejas apretadas- póngale fideos.

Y otras veces resoplaba:

-Este bife está demasiado cocido, quiero uno jugoso.

Y era común que el Oficial le mordiera los flancos a mi padre, recordó el hijo menor en la charla. “Y entonces –siguió- un día, mi papá, el Tano Guidi, se puso las manos en la cara y dijo:

-Más vale que hoy no me vaya a decir nada, porque ya no aguanto más.

Y Luis Guidi, ese día, como de costumbre –armándose de paciencia- le llevó un plato hondo lleno de sopa humeante y con olor a hueso hervido.

-¿Esta sopa me vas a hacer tomar? –Bufó el Oficial con cara de asco cuando se la puso frente a sus narices.

-Sí, carajo, ¿La vas a tomar o no la vas a tomar? , juna y gran p…y pafff, -y ahí nomás mi padre se la zampó en la cara y lo quemó de lleno –señaló con dramatismo Tito Livio-.


Escape a todo galope

“Lo cierto –siguió contando el menor de los hijos- mi tío Paride era el hermano mayor de mi padre y mi abuelo Cristóforo lo había mandado a papá para que pudiera tener un mejor futuro con los demás hermanos y entonces le dijo a los gritos y asustado por el incidente con el Oficial:

-¿Qué has hecho, Luis, qué has hecho?, agarrá pronto el caballo y vadeá el río que vas a llegar a Viedma.

Entonces con la rapidez de un rayo puso a Luis arriba del caballo, le dio comida y agua y le habló suplicando: andate rápido, por favor, porque si no, pobre de vos”.

Y tras cabalgar varias leguas, Luis Guidi vadeó sin problemas el brazo Norte del río Negro y el caballo pasó. Pero en el momento que debió atravesar el brazo sur de la isla de Choele Choel que era más hondo, el animal no hizo pie y lo tiró al agua.

Luis que no sabía nadar se le prendió con fuerza a la larga y mojada cola y así, lo remolcó sin que le importasen las ramas, hojas y alimañas que le iban raspando el rostro, mientras que las escasas pertenencias y provisiones estaban atadas al apero.

Cuando, por fin, después de un tiempo que no supo precisar, pero sí, que se le hizo interminable, el fiel animal lo sacó del otro lado.

Empapado y agradeciendo a Dios que había salido con vida –porque era muy católico –enfatizó el noveno de los hijos- se secó un poco, comió, descansó y al cabo de unas horas siguió viaje.

Anduvo unos dos días hasta que el caballo lo sacó en la punta de El Gualicho. “Él se desorientó y entonces ya desesperado, porque no tenía agua, no tenía nada, hay que ver que mi padre era muy chico, tendría 18 o 20 años y era la primera vez que andaba a caballo, pero no se desanimó y con las pocas fuerzas que le quedaban gritó:”

-Ico, ico, ico!!!!! –Y le puso las riendas arriba y el caballo venteó y lo sacó cerca de San Antonio Este o Saco Viejo-.

En San Antonio Este

“Después de agotadores días de cabalgata sucio, barbudo y hambriento, mi padre Luigi Guidi llega a San Antonio Este (fines de 1904). La suerte lo ayudó nuevamente, se encuentra en ese lugar con un italiano de apellido Giovanni Baronchini, quien le da comodidad y alimentos”.

Baronchini tenía el único negocio de venta al menudeo de comestibles y bebidas y allí, Luis Guidi tuvo el primer trabajo estable.

Primero, un pozo hondo y con sorpresa

En aquellos años, la compañía comercial Peirano Podestá instalada en San Antonio Este, lo contrató junto con otros operarios para hacer un jagüel o pozo a unos 20 km del lugar.

“En esas épocas la tarea encomendada se pagaba por metro de profundidad, al principio hicieron muy buena plata, pero cuando llegaron a los 20 o 30 metros se encontraron con una enorme plataforma de piedra (como cemento) que rompía todas las herramientas”.

Pasaban los días y no avanzaban. Entonces Luis Guidi con mucha bronca tomó la maza y le pegó a la plataforma una o más veces y de pronto se partió y empezó a brotar agua súper salada.

Y Luis que estaba en el fondo del pozo comenzó a gritar con desesperación:

-¡Ayuda!!!!, Ayuda!!!! Sáquenme rápido.

“…y así lo hicieron, abandonando todos el lugar en forma inmediata, ya que el agua en contacto con el aire se cristalizaba en sal”.

Una vez que pasó el incidente del malogrado pozo y sin que lo volvieran a contratar en la firma comercial, Giovanni Baronchini lo dejó a cargo del negocio de venta de bebidas y alimentos.

-Estoy cansado de tanta soledad, -dijo por demás abatido el hombre- me voy a Bahía Blanca.

Baronchinni prometió enviarle mercaderías a través de los lanchones –única manera de traficar por ese entonces- a los fines de continuar con la actividad.

Un poco de agua en los cascos de caña

“Y mi papá me decía:

-Yo no quería que –los clientes- se mamaran, yo quería que me consumieran, pero se tomaban dos o tres copas de caña y ya estaban mamados. Entonces qué hacía por consejo de Baronchini: a los casquitos, le sacaba dos o tres litros de caña y le ponía agua, lo rebajaba como a 20 grados, porque la caña tiene una graduación muy grande. Y así el hombre me consumía un poco más, yo no quería que se mamen enseguida”.

Intercambio con los indios de los alrededores

¡Ah!, el primer idioma que aprendió mi padre en San Antonio Este y después lo continuó acá, en el Oeste fue el que hablaban los indios.

Yo recuerdo algunas palabras –dijo y las repitió poniendo a prueba la memoria de la niñez-.

-Nipi palu cipi paqu tepera quicu.

“Yo lo aprendí de chiquito, se me pegaban las cosas”, precisó.

Explicó que los Pailemán eran un montón y que iban a comprar a la panadería, en San Antonio Oeste. Cuando los conoció eran carreros, tenían entre 6 o 7 carros de mulas con cuatro ruedas, que iban cargados de lana, por los años ’34, ’35, ’36, ‘37”.

A propósito recordó:

“Conocí a una mujer, vieja, muy vieja y bajita, yo tendría 5 ó 6 años, era muy chiquito y después tendría 10 u 11 cuando murió. La viejita venía siempre a la panadería y pedía: Un picito de pan –lo único que sabía decir en castellano-. Andaba muy sucia, no tenía agua y vivía cruzando las vías, ahí había chapas, vivía medio encuevada en un reparito, la viejita, picito de pan.


Traslado a San Antonio Oeste


“Entre 1904, 1905 se empezó a trasladar todo a San Antonio Oeste, porque el puerto de acá comenzó a tener más movimiento. Acá era un páramo y la primera casa que hizo mi padre fue de chapa con unas cuatro maderas y seguía atendiendo el boliche. Y la gente le pedía pan y el no sabía hacer pan, entonces uno venía y le decía":

-Ponele sal.

-Y otro: ponele tal cosa. –Y así se fue haciendo, a la marchanta -reflexionó el menor de los hijos-.

"Y San Antonio Oeste empezó a crecer y entonces mi padre dejó un encargado al frente y él se fue a Viedma para aprender cómo se hacía el pan. Y papá vio que el pan era negocio, porque querían llevarlo en cantidad para otros lugares”.

Mientras que Juancho dio otra información sobre el paso breve que tuvo Luis como operario en el ferrocarril después de 1908, una vez que se inició la obra.

“En San Antonio Oeste –anunció- mi padre trabajó como cambista y tuvo problemas con un ruso que le dijo que cuando se descuidara lo iba a matar”.

“Fue así que un día al enganchar el vagón, el ruso le imprimió cierta velocidad para pasarlo por arriba, pero papá cuando vio que el vagón tomaba velocidad se subió y pudo salvarse.”

Dijo que esa situación lo obligó a abandonar el trabajo en el ferrocarril y que con los pesos que tenía puso con Lorenzo Luengo la panadería “Italiana” entre las calles Belgrano y Avellaneda –la que Don Luis atendió siempre-. Y que después de un tiempo como no daba ganancias para los dos, disolvieron la sociedad. Aclaró también que el padre ayudó al socio para que se instale en otro lugar y que el comercio llegó a llamarse con los años panadería “Española”.

Compromiso con Raquel Mauri

“Cuando mi padre va a Viedma a aprender panadería se encontró con la familia Mauri que era italiana y del mismo pueblo de dónde era mi padre –En cambio Juancho precisó que era oriunda de Alberetto, lugar vecino- y con la hija, los dos eran hermanos de leche, porque habían tomado del mismo pecho de mi abuela. Entonces le habló a mi abuelo y decidido le dijo:”

-Dentro de los próximos seis meses yo voy a venir y me voy a casar con su hija Raquel.

Casamiento


“Y a los seis meses fue mi padre y se casó. Él la fue a buscar en una jardinera –tipo carro tirado con caballos o mulas- desde acá y su familia no la mandó sola, sino que vino acompañada con un hermano o tío mío”.

El anochecer los encontró en Paso Moro.

“Esa noche llegaron ahí –Paso Moro-, habían salido como a las 5 de la mañana de Viedma y ¿qué pasó? –Se preguntó Tito Livio en la charla y enseguida apuró la respuesta. Don Miranda que era dueño del campo lo había visto a mi padre que iba a Viedma a casarse y esa noche cuando lo vio regresar con su señora, él se fue a dormir al galpón y les dio a mi madre y a mi padre lo que se llamaba en aquel entonces los aposentos o su cama matrimonial.

“Esta actitud y atención de delicadeza humana que mis padres disfrutaron con ternura y amor, selló una amistad que perduró con el tiempo en ambas familias”.

Y entonces mi padre llegó casado. Y en San Antonio Oeste se quedó definitivamente y acá nacimos todos, concluyó.

Los hijos de Luis Guidi y Raquel Mauri


Entre 1912 y 1927, el matrimonio tuvo nueve hijos. Siete varones y dos mujeres, en la actualidad, sólo vive el menor Tito Livio (1927).

La mayoría realizó estudios superiores fuera de la localidad.
Eugenia, la mayor (n 1912-m 2007), estudió piano en Viedma, ejerció en San Antonio Oeste y en 1935 se trasladó con su familia a Puerto Deseado, tuvo dos hijos nacidos en SAO.

Luis Agustín “Lucho”, segundo de la descendencia (n 1913-m 1971), comenzó los estudios primarios en Viedma y después los finalizó en San Antonio Oeste. Siguió con una preparación contable vía correspondencia.

Aldo Segundo “Pacheco”, el tercero y segundo hijo varón, de ahí su nombre (n 1915-m 1929), falleció con 14 años, mientras hacía el secundario en Viedma, en el colegio Salesiano.

“Mi papá “Lucho”-comentó Raquel en una entrevista en 2014- y Aldo Segundo, el que falleció muy joven, fueron a Viedma estudiar al colegio de los curas, imaginate, mi papá chiquito, en esa época tendría 7 u 8 años. Y pasó que Aldo fue a jugar al fútbol, tomó agua fría y le dio un espasmo y después se murió de meningitis. El drama que significó para la familia, ni lo trajeron acá, quedó sepultado en Viedma.

“Lucho” siguió en el colegio y al cabo de un tiempo se enfermó de fiebre tifus y el que lo salvó fue el beato católico Artímedes Zatti.
“Mi papá me contaba –recordó Raquel- que Zatti lo ponía en una pileta con agua fría y después en otra con agua caliente, hasta que le bajaba la temperatura y eso lo salvó. Y cuando sucede todo eso, mi abuelo se lo trajo a mi papá acá”.

Don Guidi trabajaba en la cuadra de la panadería y “Lucho en el negocio. Además, repartía en una jardinera y al ir creciendo le delegaron otras tareas. También estudiaba por correspondencia y después rendía en Bahía Blanca.

Más tarde Raquel agregó un poco más sobre su historia familiar. “Papá se casó en 1941 y en el ’45 ya habían nacido mis hermanos mayores, Susana y Hugo. Mi mamá era maestra de manualidades y como el nombramiento le salió en Bariloche, todos se trasladaron a esa ciudad donde nací en 1954”.

Pero Don Luis Guidi no quiso que la familia se fuera.

“Aparte –comentó Raquel- Lucho era el hijo mayor y su mano derecha. Acá eran dueños de todo y no eran dueños de nada, eso pasaba con los gringos y uno lo ve en muchas familias. Mi abuelo llevaba la batuta de todo” –sentenció con una sonrisa-.

Y detalló sobre la obediencia natural que los hijos le profesaban al padre o a su nono. Dijo que en Bariloche su papá Lucho en el ’46 puso una librería muy grande, y que después en 1967 la tuvo que dejar para hacerse cargo de la panadería por fallecimiento de uno de los hermanos que era quien había estado al frente.

“Como verás –aseveró- fuimos una familia muy unida, por eso los mandatos familiares, por eso todos juntitos. El mandato familiar –repitió a modo de reflexión- es terrible y va con los genes. Esto de la familia unida, todos colaboramos, todos sabemos, es de gringos y yo tengo la familia gringa de los dos lados”.

“¡Ah!!!! –recordó Raquel- y otra cosa, esto de la familia “unita”, cada año, por lo menos una vez nos teníamos que juntar. Ya sea en Navidad o Año Nuevo, después cada uno vivía en lo suyo. Y el nono, una vez que falleció la nona en el ’54 no vivió más acá, salvo los veranos. Daba vueltas de casa en casa y cualquiera de los hijos estaba disponible para recibirlo”.

Y completando el inventario de los hijos, Julio Roberto correspondió al cuarto (n 1916-m 1967). Según Memorias de Tito Livio, permaneció siempre con su padre en la panadería y se destacó en el mantenimiento de los motores. Fue campeón patagónico de los tiros a la jabalina, disco y bala, se casó, tuvo una hija y murió a los 51 años.

Juan Cadorna “Juancho”, quinto hijo, falleció en 2001, cursó el secundario en el colegio Don Bosco de Bahía Blanca y en La Plata se recibió de bioquímico y bacteriólogo, ejerció la profesión en Viedma.

Víctor Guillermo, “Pocholo”, sexto de la prole, estudió en Bahía Blanca y en La Plata se doctoró en química y bioquímica y desarrolló la actividad en General Roca.

Rosa Raquel “Titina –séptima, (1923-2002), docente, ejerció en San Antonio Oeste, El Bolsón, y Buenos Aires, se jubiló como directora de un establecimiento educativo.

Tito Cristóbal, el octavo de los hijos, falleció de meningitis a la edad de 6 meses en 1925 aproximadamente.


Y Tito Livio (1927), noveno y último hijo, médico, hizo los estudios primarios en San Antonio Oeste y los secundarios y universitarios en La Plata, desarrolló su profesión en Choele Choel.

La panadería


Primero don Guidi hizo un horno pequeño y después progresó con otro de mayores dimensiones. Pasado el tiempo tomó contacto con un viajante de Molinos Río de la Plata que le indicó cómo construir uno especial, hasta le mandaron técnicos. “Y también, otras empresas, que como papá tenía negocio lo hicieron representante de la nafta, el gasoil y del Ford T”.

“En el ’25, un primero de mayo la panadería se quemó, -destacó Juancho- era de chapa forrada con madera por dentro. Papá calculó que el responsable había sido un señor que trabajó con él y que lo había echado unos días antes. Todo se hizo de nuevo, menos el galpón que fue lo que quedó”.

Por el incidente, don Luis volvió a hacer una nueva casa y esta vez de ladrillos, de dos pisos. La construcción estuvo a cargo de don Ángel Geofroy.

El negocio estaba en la planta baja –detalló Ana María- era un local amplio y en la parte de atrás tenía una arcada grande que salía a un escritorio que estaba a la vista y al costado daba a una pared con una entrada al sótano a través de una escalera.

En una parte del patio estaba la cuadra. El lugar de trabajo del panadero con todas las maquinarias, además incluía la habitación de levado, llamada California y el inmenso horno que, en los comienzos, funcionaba a leña.

“Lo más emblemático es la puerta del horno –puntualizó Ana María- de hierro con un vidrio muy grueso. Yo me acuerdo que don Villegas y otro más tenían que hacer palanca para levantarla, porque era muy pesada”.

También a la cuadra, por su amplitud se la utilizaba como lugar social de reunión.

Contó Juancho que allí estuvieron los ingenieros César Cipolletti, Guido Jacobacci y un tercero y que trataron –entre otros- asuntos relativos al riego en el Alto Valle. “Ese dato no lo he visto en ningún libro, -concluyó tras dar especial relevancia histórica a su información-.

El sótano y los aljibes


“Y abajo -completó Tito Livio- la casa tenía un sótano que era más grande que todo lo de arriba y no estaba calzado, si no que se iba a pique como un acantilado. Y ahí en los primeros años estaba la heladera –y se rió- la heladera primitiva, la que iba al agua, a un pozo”.

“En el piso del sótano, mi abuelo –amplió Ana María con otros detalles- hacía pozos y ahí enterraba los vinos de buenas marcas y se guardaban chacinados y dulces que se hacían en la casa. De hecho yo tengo una botella que estuvo enterrada desde que se casó mi mamá y ahora debe estar hecha vinagre”, -destacó sin poder evitar un gesto de resignación ante el paso del tiempo-.

Recordó que la casa tenía dos aljibes en el patio y que recibían agua de lluvia por instalación de canaletas a través de los techos. Allí se enfriaban las bebidas tras colocarlas en un fuentón –atado con una soga, se sumergía en el agua-.


Sal para la masa del pan

Pero además –dijo Ana María- el nono mandó a hacer una perforación para ver si salía agua. Llegaron a una napa y colocaron una bomba. “El agua era salobre, pero tenía el porcentaje justo de sal que se necesitaba para hacer el pan”, apuntó.

“Ullúa y Huenchul traían sal de la salina El Gualicho. Y durante muchos años las panaderías trabajaron con esa sal, la harina necesitaba sal por más que se bombeara agua salada.
Me acuerdo dijo el menor de los hijos: “El que traía sal en mayor cantidad era Huenchul con los carros y en casa los cambiaba por mercaderías”.

Ningún feriado

“Mi padre nunca tuvo descanso dominical, el domingo era igual que los otros días” -soltó en otro momento-.

En la panadería –recordó- se llegó a trabajar 14 bolsas diarias de 70 kg de harina. “Hombreábamos las bolsas y estoy muy agradecido, también por subir y bajar de la jardinera, porque me hizo hacer ejercicios”, reflexionó después, hincando la mirada hacia la distancia.

La levadura en los comienzos

¿Cómo conseguían levadura en esos primeros tiempos?

-No se trabajaba con levadura –remarcó enseguida-.

Y explicó con parsimonia: “Se dejaba un pedazo de masa grande y a la noche, a las 10, se amasaba otra vez –se hacía bien aguada esa mezcla. Después se ponía en una habitación cerrada que se llamaba California y que tenía una temperatura más bien alta y a las 6 de la mañana, la pasta se hinchaba y era la levadura para hacer el pan”.

-Recién en el ’36, ’37, vino la levadura de cerveza en pan –aclaró-. “Nosotros, como todavía no teníamos heladera, la llevábamos al hotel Comercio que ya tenía una. Yo iba todos los días a buscar un pedacito y el resto quedaba ahí” –recordó más tarde-.

Comentó también que, por lo menos, durante un año debió hacer ese tipo de mandados, hasta que cerca del ’38 su padre compró una heladera.

“La amasadora era como una batea grandota con espátulas –recordó Ana María- y después estaba la sobadora que tenía dos rodillos por donde hacían pasar la masa para desgasificarla, supongo –dijo por temor a equivocarse- y volver a armar los panes”.

Al principio solo hacían pan, galleta de campo y trincha.

“La galleta de campo era más hojaldrada –explicó enseguida la nieta- y era la que se llevaba al campo porque duraba más que cualquier otro tipo de pan. Me acuerdo que el nono hacía las caras sucias. Que eran lo más rico que había, pero no eran como las tortitas negras de ahora. Me parece que se hacía con la masa de la trincha y arriba tenían azúcar quemada, eran exquisitas” -y mientras hacía esas consideraciones sus ojos mostraban otra luminosidad-.

Relación con las instituciones

“En aquellos años, Río Negro era territorio y no provincia y la municipalidad, la comisaría, la Sala de Primeros Auxilios, las hizo el pueblo, como así también la Sociedad Italiana, la Española. Había kermeses permanentemente y después, che, gringo: te anoté 10 mil ladrillos y ahí iban al corralón a buscarlos”.

“Mi nono –comentó Raquel- fue un hacedor terrible, un trabajador y por eso es que no aparece en la historia de San Antonio. Estuvo en los inicios de la Sociedad Italiana, la primera firma en el Acta de fundación es la de él. Si necesitaban algo él lo ponía.

-Los ladrillos de la comisaría y de la municipalidad los puse yo –solía decir don Luis ya de anciano a su nieta Raquel cuando paseaban en auto por las calles de San Antonio y observaban los tradicionales edificios.

Más historias –originales y osadas-


Compró una ballena muerta

-Mirá qué datos te estoy dando –apuntó el menor de los Guidi sin demostrar cansancio por la intensa y larga conversación en 2004, solo se reacomodó en la silla y levantó una de sus manos para acompañar las palabras:

-Hasta una ballena se compró mi viejo.

En el año ’33 se la vendió un pescador de pulpos.

-Mi padre la compró para explotarla, -apuntó-.

Dijo que compró machetes, ocupó gente y con una olla grande sacó como 200 litros de aceite. “La mitad con un tal Mata la hizo jabón que vendió en la campaña –refiriéndose a la zona rural-y la otra mitad la vendió a Bahía Blanca”.

-Mi mamá –Titina- contaba –recordó Ana María- que ella era chica y que llegó a sentir la baranda del aceite, mientras derretían la grasa de la ballena. ¡Ah! y con las vértebras hizo banquitos y no sé cómo fue, que lo hizo mi nono también, la entrada de la Colonia Suiza en Bariloche, la arcada está hecha con dos costillas de ballena. Las hizo subir al tren para que lleguen a Bariloche.

Y más tarde, en enero de 2005 en una entrevista al reconocido ciclista Francisco “Pancho” Jugovac, fallecido poco tiempo después confirmaba la historia de la ballena.

-Sí, encalló por lo de Saavedra, ¿vio donde está la bomba de agua?-puntualizó Jugovac-

-Un hijo de don Luis Guidi me contó…
-Mire, -interrumpió sonriente- antes que me haga la pregunta, sí, es cierto –recalcó-. Don Guidi compró una ballena, le sacó el aceite y después hizo jabón.

Con huevos de gaviota y más historias

-Igual que con los huevos de gaviota –recordó después Jugovac-. Y precisó enseguida:

“Antes se corría el rumor de que la panadería Guidi hacía facturas con huevos de gaviota y en ese entonces, qué sé yo. Porque yo lo probé al huevo de gaviota, tiene un poco de gusto a pescado, pero la gente en el campo lo aprovecha, también hay muchos que los venden a las farmacias para hacer las cremas”.

En tanto, Norberto “Beto” López, en ocasión de una entrevista en diciembre de 2014 para que contara algunas de sus vivencias con Don Luis Guidi señaló:

“Empecé a los 16 años a trabajar con Julio Guidi –hijo de Don Luis- y murió re joven y el viejo Guidi no quiso que otros de afuera se hicieran cargo de la panadería y entonces hizo venir a su otro hijo “Lucho” que estaba en Bariloche ya instalado con un negocio para que le atienda la panadería”.

“Y siempre para los veranos, el viejito Guidi venía a San Antonio, porque quería estar con su panadería –siguió contando Beto- venía a la cuadra y me enseñaba a hacer pan dulce, la fugazza con orégano que a él le gustaba. Y después recordó que le decía en tono de demanda:

-Haceme la fugazza. (Él ya no trabajaba –aclaró- si a gatas caminaba, supongo que tendría como 80 años).

La masa de la fugazza era la misma que la del pan, pero aplastada con harina, orégano y romero. Y don Luis la comía acompañada con vino tinto.

-¿Solía contar sus historias?

-Seguramente, -respondió Beto- hay cuentos y esto me lo contaba él.

“En la época de Perón ganaba la licitación de la Fundación Eva Perón para hacer los pandulces. Era por sectores y don Guidi los mandaba a la Línea Sur y los hacía con huevos de gaviota, él mismo me lo contaba”.

“Acá hay un islote –continuó relatando- cerca del Puerto del Este que queda aislado cuando llega la marea y allí, por esos años vivía un viejito, Gabino Velázquez que tenía un carro con caballos, yo me acuerdo porque lo conocí”.

“Y en ese islote había un lugar donde las gaviotas ponían los huevos, no sé si todavía ponen ahí y él los juntaba en bolsas y se los llevaba y don Guidi se los cambiaba por gallletas de campo”.

A los huevos de gaviota los guardaba en el sótano para que se conserven. Gabino Velazquez los llevaba en el mes de octubre, mientras que él los necesitaba recién para diciembre.

-También faenó una ballena, -remarqué-.

-Sí, -respondió Beto- se buscó dos o tres peones y derritió la grasa en una olla grande de hierro muy antigua –que ahora está en el museo- la usaba para darle vapor al pan mientras estaba levando y hacía que no se secara. Cuando yo fui a trabajar ya era a gas, antes era a leña y esa olla siempre estaba llena de agua y se daba vapor en una habitación bajita y cerrada que se llamaba California.

¡Ah!, y como te decía –retomó-, derritieron la grasa y la mandaron a la empresa Jabón Palmolive.

-Y acá en San Antonio, con una parte del aceite hicieron jabón, recordé.

-Ellos tenían otra cultura, -contestó rápido y con seguridad- sabían hacer cualquier cosa y acá estaba todo virgen y los que venían así como Guidi hacían estas cosas –y remató: Guidi era muy buscavidas, muy buscavidas. Los Guidi eran todos campechanos”.

También Beto recordó: “Don Luis tenía un patio grande y cerrado y criaba cerdos, antes era así y los faenaba y ponía en su negocio un cartel que decía: Mañana facturas de cerdo frescas. Y después se sentía a los chanchos gritar y no carneaba nada –y ahí aprovechó a reírse- y la gente decía: mirá está carneando los chanchos y era carne de potro”.

Pablo, el alemán

“Cierta vez, unas personas, se habían acomodado para pasar uno o dos días en un terreno vacío que quedaba frente a la panadería y entre ellas, estaba un tal Pablo de 20 años –después se enteraron de la identidad" –contó Raquel y por el relato habría sucedido en los inicios de la década de 1940-.

Y en uno de esos días, el muchacho Pablo entró a la panadería pidiendo un poco de pan.

-¿De dónde venís? –Preguntó don Luis con curiosidad e inquietud al darse cuenta de la difícil situación por la que estaba atravesando el joven-.

-Vengo de Buenos Aires en un tren y voy a Bariloche –contestó enseguida el muchacho-. Estoy viajando a escondidas junto con otros que están acampando acá en frente y vamos arriba del techo del tren.

También le contó que un tiempo atrás había llegado de Alemania porque quería conocer América.

-¿Querés trabajar acá, conmigo? –preguntó don Luis luego de enterarse de que el joven se había desempeñado un tiempo en tareas similares.

Y Pablo se quedó a vivir con nosotros –señaló Raquel-.

Tenía una habitación en el patio de la casa y con la familia compartía los momentos de la comida y también otros hogareños –aseguró-.

Dijo también que cuando ellos se hicieron cargo de la panadería -1969- lo heredaron y que por ese entonces tenía psoriasis y ya prácticamente no podía trabajar.

Pablo contaba que no pudo volver más a Alemania porque había estallado la guerra en Europa y si iba podía quedar preso por desertor. De igual manera, nunca se comunicó con una novia que había dejado en ese país.

Por otra parte, Beto López comentó otros pormenores sobre Pablo.

“Yo traté mucho –dijo- incluso me enseñó a trabajar a mí y fue un viejito alemán, Pablo. Era un alemán de buena familia y me contaba que el padre en Alemania tenía una granja y que él con 20 o 22 años quiso conocer América y los padres le dieron permiso y se vino”.

“Lo sabía llevar a mi casa, porque él vivía solo en el patio. Lo sabía llevar a casa -repitió- para la fiesta de Navidad”.


Ayuda a la familia

“Marieta, -comentó Raquel- mi tía abuela se había casado con un tal Contreras en Choele Choel y las veces que su marido –mi tío- se quedaba sin trabajo, mi nono recibía a los sobrinos que le ayudaban en la panadería.

“Recuerdo –dijo- que uno de los chicos metió las manos en la amasadora y las espátulas le destrozaron una mano. Sin embargo –remarcó- después no fue impedimento para que pudiera manejarse con cierta normalidad a través de unos ganchos que le habían colocado.

Hábil para las finanzas y otras actividades

“El nono fue hasta tercer grado, -recordó Ana María- pero sin embargo él, si tenía unos pesos compraba acciones en una Sidrera, en el Valle.

-Comprame acciones –pedía a Pocholo, uno de sus hijos que estaba en la ciudad de General Roca. “Era la época que tenía que pedir la llamada por operadora y tardaba bastante tiempo” –aclaró Ana María-.

-Andá a tal Sidrera –decía don Luis- y sacá esa plata y se la depositás a Susi –por nombrar a alguien de la familia- le falta esa plata para comprarse un autito, yo se lo doy.

-¡Ah! –recordó Ana María- un día estando en la casa que utilizaba el personal encargado de Vialidad Nacional en San Antonio Oeste, alguien de la familia me dijo: “Mirá lo que rescaté”. –era una cocina económica que tenía una marca, un óvalo de bronce con el nombre Luis Guidi y la indicación del lugar San Antonio Oeste.

-Seguro que el nono había comprado una partida de cocinas para vender y le puso su marca –apuntó Ana María con cara de asombro y sonrisa cómplice-.

También recordó tiernamente: “En la panadería había muchos frascos con barquitos adentro que los había hecho el nono cuando era jovencito”.

Don Luis escribía a máquina. Mandaba cartas comerciales a las firmas con las que se relacionaba y a sus hijos que estaban fuera de la localidad o cuando él se ausentaba.

-Ésta es una carta que el nono le escribió a mi papá en 1967 –señaló Raquel, nieta de don Luis-. Escribía como hablaba –mezcla de italiano y castellano-.

“Mi padre –se acordó Juancho en su exposición- no dominaba bien, ni el castellano ni el italiano. Me llegué a enterar que una empresa de Molinos Río de la Plata tenía cartas que enviaba papá, tenía poca dicción para expresarse, pero los responsables de la firma comentaron a conocidos que esas cartas fundamentaban el progreso”.

El final de don Luis

“Mi abuelo no estuvo mucho tiempo enfermo, -apuntó Ana María-por supuesto tuvo algunas cosas de viejito, un poco de ateroesclerosis, pero no de hablar pavadas, incluso estuvo un tiempo acá en la panadería, en esas incursiones que hacía que iba de casa en casa desde que murió mi abuela”.

Su hijo médico, Tito Livio, en 1971 lo asistió. “Mi padre falleció en Choele Choel, papá al sentirse mal habló conmigo y me dijo: quiero estar al lado de tu madre –Raquel Mauri había fallecido en 1954-, llevame vos a Viedma, no me llevés en ambulancia, entonces lo llevé en auto, 20 minutos después que falleció, el camino era de tierra”.

El panteón de la familia Guidi-Mauri se encuentra en Viedma y solo los restos de uno de sus hijos, Julio Guidi, descansan en el cementerio de San Antonio Oeste.

También, ¿leyendas urbanas?

En la actualidad, cuentan que hechos inexplicables pasan en la ex “cuadra” de la panadería

Desde hace varios años, el espacio físico que correspondía a la cuadra de la panadería está ocupado por el funcionamiento de un gimnasio particular.

El joven dueño que lleva adelante el emprendimiento deportivo contó que en su presencia y hasta junto a otras amistades suelen ser testigos de la ocurrencia de fenómenos extraños.

Una puerta que se cierra sin motivos aparentes –golpes de aire o a instancias de otra persona presente en la sala-. Aparición sobre uno de los ángulos de la habitación de un señor con traje y después de un breve tiempo la silueta se esfuma. Objetos que al azar se colocan sobre algún aparato de gimnasia y luego caen al piso sin alguna razón posible. Ruidos inexplicables que provienen de los mismos habitáculos interiores –baños y otra dependencia pequeña, tal como la ex California- que se conectan con el gran salón.

-Pero mirá –soltó Ana María tras ser consultada- qué cosa más extraña, nunca escuché nada de eso. Yo de mi abuelo no me acuerdo que haya usado traje, añadió al analizar de forma rápida la situación.

-Antes, hasta iban de traje a la playa, -respondí enseguida-.

-Ha pasado tanta gente por esa cuadra –reflexionó la nieta- vaya a saber, primero estuvo mi tío Julio, después, mi tío Lucho y también hubo otra gente que trabajó adentro.



Raquel Mauri (1889-1954) - Luis Guidi (1887-1971)-flia.Guidi-Mauri


 

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