staff
editorial: para privados y de afuera, la Casa de la Hia. y la cultura del Bicentenario
contacto
tiempo y mareas
ediciones anteriores
economía nacional

 

HOME

Marcelo "Chelo" Navarrete relató el salvataje del comandante Losada del Irízar

CRÓNICAS DEL AYER

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Irízar en plena tragedia -Fot.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RESCATE EN EL MAR, TRAS INCENDIO DEL IRÍZAR

 

AQUELLA VEZ QUE CHELO NAVARRETE –sanantoniense- Y MIGUEL VERA –uruguayo- SE RECIBIERON DE HÉROES EN ALTA MAR

 

Marta Eva Amado

info@cronistasao.com.ar

-Nota especial-I

-mayo 5 de 2013-

 

“Fue nada más que un segundo, fue sólo mirarle a los ojos y entonces por la red fui bajando hacia el agua”, contó Chelo en junio de 2007 mientras repetía cómo fue el salvataje del comandante Losada que, por el incendio en el Irízar y ya desde una balsa intentaba subirse al Magritte.

Chelo Navarrete mientras contaba con detalles cómo salvó junto con Vera al comandante Losada

El acto de arrojo ocurrió en la madrugada del 11 de abril de 2007, cuando las llamas batían al rompehielos y el pesquero Magritte rescataba a parte de los siniestrados –también socorrieron el petrolero de bandera panameña Scarlet Ibis y el pesquero Don Cayetano-. Los marineros, Marcelo “Chelo” Navarrete y Miguel Vera en una arriesgada maniobra salvaron al comandante Losada que se lo llevara el mar, ese marino había sido el último en abandonar el Irízar que quedó solo con su capitán Guillermo Tarapow.

Cerca de las 20 del 10 de abril, el rompehielos Irízar ardía en pleno mar del sur por un cortocircuito en la sala de generadores. En tanto, los 19 tripulantes entre ellos los marineros Chelo Navarrete y Miguel Vera, el patrón Claudio Velázquez y los capitanes, Pablo Linaro y Carlos de la Vega navegaban en el buque pesquero Magritte y con la carga completa iban al puerto de San Antonio Este.

 

Pesquero Magritte, fot. Claudio Velázquez

Nada aventuraron lo que vendría unas horas después. El pedido de socorro salió de la Prefectura de Comodoro Rivadavia, que hizo que el Magritte desviara el rumbo y llegue al lugar del siniestro, en las primeras horas del 11 de abril a unos 260 kilómetros al sur de Puerto Madryn.

Y no fue casual que Chelo con treinta años se encontrara en ese momento de pesca. Esta riesgosa actividad la inició desde que era chico su abuelo Fernando pero en la costa y con bote a remos. Y después, la siguieron sus hijos y ahora, es la tercera generación de los Navarrete, representada en los nietos. Y en este caso particular en Marcelo “Chelo”, junto a sus dos hermanos mayores y varios primos, la continúan con total naturalidad.

-¿Y cómo se enteraron del incendio?, pregunté.

- Y serían las dos y media de la mañana y yo me estaba bañando, dijo Chelo. Golpearon la puerta y me dijeron que tenía que ir a hacer maniobras porque se prendía fuego un barco.

De inmediato los tripulantes en cubierta prepararon las redes. Colocaron una a babor y otra a estribor, con suplementos y grilletes para que quedaran al lado del barco. También abrieron una especie de portón o portalón que estaba en el medio y sobre el lateral y que le seguía una escalera para que las personas pudieran subir desde las balsas.

Y cuando iban hacia el rescate del Irízar aún nadie sabía cuántos siniestrados eran. Al llegar se enteraron de que había más de 20 balsas en las turbulentas y frías aguas del océano.

Chelo contó que el mar se veía como una ciudad flotante en miniatura. Con muchísimas luces. Todas lucecitas intermitentes que se prendían y se apagaban cual enorme cantidad de luciérnagas y que por otro lado divisaban al barco que se prendía fuego y que salían espesas nubes de humo entre gris y negro, también grandes llamaradas de color naranja fuerte y un penetrante olor a plástico que lo notaron mientras estaban llegando.

Además auxiliaron el Don Cayetano y el petrolero de bandera panameña Scarlet Ibis –primero que llegó-.

Recordó que por suerte, en ese momento casi no soplaba viento y que a las maniobras las hicieron despacio porque había que poner el barco al reparo de la correntada. Ubicarlo de tal manera que no pisara a las balsas, ya que su movimiento era permanente.

-¿Y cómo fue el salvataje del comandante Losada?

- Bueno, dijo Chelo y sus grandes manos acompañaron con gestos las palabras, por instantes cerraba un puño o enfrentaba las palmas con los pulgares abiertos- el comandante fue el último que abandonó el Irízar –el barco había quedado nada más que con su capitán, Guillermo Tarapow- entonces él venía solo en la balsa. Nosotros en la popa habíamos puesto una red y cuando vino la balsa, chocó al barco. Y Losada entonces al ver la red, se largó a agarrarla, seguramente que dijo: ‘acá me trepo y subo’. Pero cuando se fue a trepar, que se largó, la correntada le llevó la balsa y él ahí, perdió estabilidad, no alcanzó a pegar el salto y quedó agarrado pero con el cuerpo en el agua.

Y en ese momento el tipo no dijo absolutamente nada, pero fue nada más que un segundo fue nada más que mirarle a los ojos, entonces yo por la red fui bajando hasta el agua y ahí lo agarré con mi compañero. Primero se bajó él, lo agarró y no pudo, entonces me bajé yo, lo agarré y tampoco pude. Y no pudimos y queríamos los dos y el Comandante estaba mojado, entregado, muy pesado, muy pesado.


Y enseguida a mí se me escapó y solo quedó agarrado de mí, y se agarró de tal forma que me lastimó el brazo -y mostró las cicatrices- . Bueno, después yo me acomodé y lo agarré y se le escapó al otro y así, fue una de que se nos iba y yo a los gritos: bajá, bajá, que se nos va.

Yo estaba solo con Miguel Vera, el muchacho uruguayo de casi cincuenta años, él bajó primero y después bajé yo y nadie más. Y nos mojamos y estábamos así en el agua para que no se fuera y entonces mis compañeros de arriba tiraron un salvavidas circular y muy profesionalmente el Comandante se lo puso en un segundo.

Y él estaba en el agua y nosotros lo teníamos ahí y ya por lo menos, irse no se iba a ir, -al menos así pensamos- porque el salvavidas circular estaba amarrado. Y en ese amarre lo único que hacían era levantar al muchacho, pero cuando lo estaban levantando se cortó. Y otra vez se fue al agua. Y entonces después agarran y tiran un cabo más grueso y el hombre seguía igual con el salvavidas puesto y nosotros en la red agarrándolo y mojándonos.

Después, yo agarré el cabo más grueso y una de mis piernas me la crucé y me la enredé en la red y el uruguayo, el que estaba conmigo Miguel Vera me agarró, me abrazó y me tenía y yo me solté de las dos manos y ahí aproveché a amarrar con el cabo el salvavidas circular.

Y entonces estando yo con las dos manos sueltas y el Comandante agarrándome decía: ‘dale, dale que no doy más’. Y yo quería hacer el nudo. -‘Dale, dale, apurate, apurate’, me decía. Y estábamos así, hasta que le hice el nudo, si me soltaba me caía yo también al agua. Y después de ahí se lo llevaron hacia el portalón del barco.

También dijo que mucho antes, él y su compañero se habían sacado el salvavidas, porque era muy ancho y no podían hacer bien las maniobras. Y que lo que menos pensaron que iban a ir allá abajo y de esa manera con tanto riesgo. Ya que con anterioridad habían podido subir junto al resto de la tripulación a los ciento veintidós siniestrados y sin problemas.

-¿Y vos nadás bien?, dije.

-Sí, -respondió Chelo y sonrió mientras le hacían de marco sus cabellos renegridos y con rulos hasta los hombros y uno le cubría casi el ojo izquierdo- como pato soy para el agua, desde el barco que tenía papá nos tirábamos con mis hermanos cabeza al agua, peroooooooo, por más que sepas nadar, te agarra una hipotermia y se te para el corazón, eso es lo que tiene el frío.

También aquella vez Chelo contó que en la pesca encontró su verdadera vocación. Dijo que cada salida al mar, la disfrutaba realmente, por el paisaje o por la actividad en sí misma y que era tan placentera como viajar.

 

 

 

 

 

 

Esta nota especial se complementará con el relato de mayo de 2007 de Claudio Rubén Velázquez -SAO-, patrón de pesca del Magritte al momento del siniestro del Irízar

HOME